Intervención de Luis García Montero en la presentación de la novela “La contrabandista de hostias”

Granada, 11 de marzo de 2013

La verdad es que lo peor que puede hacer alguien al presentar una novela es tener desde un principio la tentación de contar su final. Y yo me temo que, aunque no lo quiera, en algún momento de esta presentación voy a terminar contando su final. Porque, cuando he leído “La contrabandista de hostias”, la primera sensación que he tenido es que la imaginación y la creación es en su raíz un ajuste de cuentas con la realidad. Significa mirar a la realidad, tomar conciencia de sus precariedades y ser capaces de imaginar una alternativa. Eso es lo que ha hecho Isidoro con esta novela, ponerse en la raíz de la imaginación y proceder a un ajuste de cuentas con la realidad.

 

Ha elaborado un personaje, una mujer valiente, que ha dado el paso de separarse de su marido, que tiene que sacar adelante a cuatro hijos sin ayuda alguna, que sufre la crisis y se encuentra en una situación muy difícil tras ser despedida de su trabajo, y que, de pronto, se va a ver envuelta en una situación en que los tejidos del azar ajustan cuentas con la realidad, permiten llegar a un final donde el autor, que mira a la realidad y conoce sus precariedades, acaba imaginando una alternativa.

 

Ese es el sentido del trabajo que ha hecho Isidoro en “La contrabandista de hostias”, la historia de una mujer del Realejo, en Granada, que se ve envuelta en una trama en la que aparece, por una parte, una secta satánica que quiere hacerse con una hostia para practicar con ella sus ritos y, también por azar, hay otra secta, en este caso de católicos iluminados empeñados en evitar que la hostia acabe en manos satánicas. La trama es, pues, el azar que repito que le va a permitir a Isidoro ajustar cuentas con la realidad.

 

Escribir poemas no es de ninguna manera reunir palabras bonitas; es una reflexión sobre el ser humano. A la hora de escribir un poema es tan importante escoger la palabra justa como pensar en la estructura de lo que se va a contar. Esto, como reto, se multiplica por cien en una novela. Casi nunca se habla de la estructura a la hora de analizar una novela y sin embargo muy buena parte del esfuerzo, del trabajo que supone escribir una novela se va en calzar una estructura que mantenga viva una historia, ese espacio de diálogo con el lector, así como el propio interés del lector.

 

Lo primero que quiero señalar es que Isidoro en esta novela ha meditado muy bien la estructura. Hay un verdadero cálculo de estructuras para ir contándonos la historia: primero, la aparición de la protagonista, la granadina Agustina Velarde; inmediatamente después, su amigo de barrio que participa, a través del azar de la historia, en la secta satánica; luego se introduce otro personaje, el integrante de una secta fundamentalista católica. La estructura se va planteando para que todo confluya en ese ajuste de cuentas con la realidad que necesita la protagonista para que todo alcance intensidad hasta el desenlace final, en que aparece otro personaje, un gitano del Albaicín que colabora en ese ajuste de cuentas de que venimos hablando, el que persigue la voz de la narración que quiere que acabe bien la historia.

 

Como fundamentos básicos de la estructura de esta novela creo que hay dos cuestiones que Isidoro ha cuidado de manera muy meditada. En primer lugar, el lenguaje. Se trata de un lenguaje muy creativo, de gusto por su propio desarrollo, por mezclar consideraciones populares con consideraciones cultas, por coger lo mejor de la tradición literaria, desde la picaresca a la narrativa barroca. Es el suyo un lenguaje muy medido y muy creativo. En cada frase se está constantemente haciendo ejercicio literario.

 

Y eso va muy bien al tono de la historia porque el segundo apoyo es el humor. Humor a la hora de tratar a los personajes, humor a la hora de ir estableciendo el argumento, a la hora de enjuiciar la realidad, incluidos los dogmas, los fundamentalismos, o la rutina de una sociedad adocenada donde convivimos con disparates que en realidad deberían pertenecer al territorio del humor y no al territorio de la normalidad. Y humor al hablar de otra de las protagonistas inevitables de esta novela, que es la ciudad de Granada. Desde que se plantea el barrio, el Realejo, hasta que se nos lleva al Sacromonte, o junto al río Darro, o al Paseo de la Bomba, hay un humor que sirve para contar de forma distanciada la ciudad donde se desarrolla la historia y que es una protagonista más.

 

Y al final, el narrador se sale con la suya y nos convence de que otro mundo es posible, de que hay alternativas y que hay gente que se ve en situación extrema, estafada, maltratada, pero que puede de pronto encontrarse con una salida y, sin hacerle daño a nadie, conseguir salir adelante.

 

Yo no quiero contar el final de esta novela, pero es que me parece que la apuesta literaria más importante que contiene es ser conscientemente partidaria de un determinado tipo de final. En literatura lo que tiene prestigio es la desgracia y el dolor. Si uno quiere que lo traten de intelectual, más que buscar un final feliz, es mejor que presente un abismo y una tragedia. Yo creo que estamos en tiempos en que lo que nos hace falta es volver a reivindicar el optimismo de la voluntad frente a la lucidez de la razón y darle prestigio a los sueños, a la felicidad, y que al final la buena gente tenga lo que se merece, que es ser feliz; y que la mala gente tenga también lo que se merece, que no es el mal pero sí la estupidez y el engaño.

 

Y por eso apuesta esta novela. Y por eso me parece que a los lectores nos deja un buenísimo sabor de boca en un momento en que se necesita mucho el buen sabor de boca. Y por eso yo les invito a todos ustedes, a todas ustedes, a que lean la novela. Isidoro es autor de un magnífico libro. Aquí no estamos presentando a un amigo sino al autor de un magnífico libro.