La contrabandista de hostias.- Capítulo 1

1

 

Agustina Velarde Hinojosa es granadina de pura cepa, del barrio del Realejo, en las últimas laderas de la colina de la Sabika sobre la que se yergue la Alhambra.

 

El Realejo se sitúa hoy, y desde que le pusieron su actual nombre, en lo que fuera antiquísimo enclave judío a la orilla izquierda del río Darro, el que fluye hacia el Genil y desemboca en él en los interiores del perímetro de Granada. Estaban los judíos allí antes de la llegada de los árabes, quienes los dominaron pero permitiéndoles seguir viviendo donde y como habían vivido siempre. Es incluso significativo el hecho de que la propia manera que se adoptó para denominar la zona, Garnata al-Yahud (refugio de los judíos), pasaría luego a dar nombre, despojándolo del apellido, a la ciudad entera. Sin embargo, no fue la misma la actitud de los conquistadores cristianos muchos siglos después. Cuando tomaron la ciudad, arrasaron el arrabal y lo renombraron, pasando entonces a ser llamado El Realejo, pues se lo había apropiado la corona real que lo sometiera a saña y devastación.

 

Agustina Velarde Hinojosa es greñúa hasta las cachas. De nacimiento, convencimiento y pasión. ¡Si vino al mundo en calle Jarrería, entre Molinos y Santiago, al ladito del Campo del Príncipe, en el núcleo de la mejor solera humana del Realejo Bajo!

 

Porque el Realejo se divide, según se asciende o se desciende, en el Alto y en el Bajo. Este último se desparrama en callejas en pendiente justo hasta donde se inicia el remanso del cauce del Genil, ya entremetido en Granada. Y en todo el barrio, los que allí vieron la luz un día, que no los habitantes advenedizos, son greñúos a mucha honra y presunción. El origen del mote, que tan a gala llevan las gentes del Realejo, dicen unos que viene a cuento también de sus primeros pobladores judíos, quienes, por mostrar el atavío típico de sus cabellos, guedejas largas en melena abundante, fueron calificados así por el resto. Pasar de ahí a asignarle el sobrenombre a cualquier morador de por allí y a sus descendientes hasta hoy día fue cuestión de lógica natural. Otros dicen, sin embargo, que el apodo se sostiene en diferente origen, en el hecho de que su Virgen más emblemática, la de la Misericordia, es de cabellera copiosa; de ahí que sus fieles, vecinos todos del barrio, la comenzasen a llamar cariñosamente la greñúa y que luego, por extensión semántica a manos de otros granadinos, les quedase a ellos asignado el mismo adjetivo para identificación colectiva.

 

Agustina Velarde Hinojosa es descreída, de conclusión en ello condicionada por los derroteros de la vida. Pero devota de las devociones de su barrio y por eso no se pierde ninguna de las salidas de la imagen de la Virgen ya mencionada, cuando la procesionan y le dicen guapa y, sobre todo, viva la greñúa; la greñúa por excelencia, por supuesto. Ni ha dejado de estar los viernes santos a las tres de la tarde ante el Cristo de los Favores, en pleno centro del Campo del Príncipe, al que tachan de muy milagroso y a quien en un silencio multitudinario se le piden tres gracias, cosa que ha hecho ella durante incontables años disciplinadamente, para verse siempre desatendida luego con la misma machaconería. Lo que al cabo la retrajo y le restó entusiasmo y afición, hasta perderle el interés y desistir de nuevos intentos.

 

El Campo del Príncipe fue el centro neurálgico de su niñez, de sus juegos y correrías. También se anclan los orígenes del nombre de este espacio abierto y luminoso en acontecimiento acaecido en aquel lugar al poco de la toma de Granada por las huestes de la cristiandad. Para más agraviar a los judíos que allí vivían antes, en la amplia zona que ocupaba su cementerio (todavía hoy se encuentran huesos cuando se socava suelo para algún arreglo urbanístico en ese entorno), los reales conquistadores de la ciudad no tuvieron otra ocurrencia que ordenar remodelación y acondicionamiento para celebrar en él las nupcias de su hijo primogénito, el que habría de ser futuro rey y no lo fue porque se murió prontito. Así que este es el príncipe al que casi nadie relaciona con la plaza. Y que tuvo asimismo poco que ver con ella pues a la postre no acabaron celebrándose allí los desposorios, aunque sí fiestas posteriores. Al parecer era caballero impaciente y de apetito sexual desmesurado; un salido integral en toda regla. Ello lo condujo a que no esperara a su futura, sino que le saliese al paso. Según llegaba en barco por el norte su princesita, proveniente de los linajes centroeuropeos, se apostó a esperarla en las orillas cantábricas y, nada más desembarcar y poner pie en tierra, fue la de aquí te pillo y aquí te mato. En pueblecito costero se dieron el anillaje y las bendiciones para que el muchacho se metiese entre sábanas con su recién estrenada esposa a consumar y consumar. Pero no le duraron las alegrías. Moriría a los pocos meses, se cuenta que por unas fiebres tuberculosas, aunque se contradice esta versión por parte de quienes aseguran que no, que tal explicación es excusa y disimulo con intención de velar los motivos reales: que su muerte fue a consecuencia del agotamiento amatorio al que sometió a su cuerpo débil y enfermizo a causa de una cardiopatía congénita que, como ya se sabe, es muy enemiga de los desafueros de la lascivia, que tiende a forzar motor y a que este se encasquille y le falle el engranaje si anda con tuercas flojas. Así ocurrió y así conviene contarlo.

 

Agustina Velarde Hinojosa es de ojos azules, muy claros, y tan tiernos y con un brillo tan intenso que arrebatan. Menuda pero esculpida con proporciones fruto de verdadera maestría, con un primor de acabado y mantenimiento a su edad que ya quisieran muchas veinteañeras; y pese a lo vivido, entrada en la cuarentena y trabajada desde su adolescencia. Y en lo que se refiere al carácter, lo que la define mejor es que en su trato no traza distingos entre las personas, que odia las calificaciones y más aún las descalificaciones, que exculpa los fallos ajenos rebuscando y encontrando siempre para ellos una justificación que exime, que perdona, que absuelve. Será quizás por eso por lo que no se le conocen enemigos, ni siquiera molestos leves con ella, sino incondicionales de su trato y amistad.

 

Pero su casta no es adquirida, sino que le viene de sangre, de antecedentes nítidos, los de su madre, otra castiza de su barrio, perdida hace unos años porque la arrastró una enfermedad súbita que dejó a propios y a extraños sin explicaciones ni respuestas. Sin embargo, Agustina tuvo que sobreponerse a ese golpe inesperado de la vida y seguir en sus trece de cada día, aunque sin olvidarse nunca de conservar un huequecito de idolatría hacia la que tan bien la había parido, la que tan bien la había aconsejado y adiestrado en la práctica de desenvolverse sin pliegues ni dobleces.

 

Agustina fue un torbellino de nervios desde muy pequeña, desde que supo y pudo transparentar cualidades. Anduvo a los nueve meses, como si se hubiese tratado de un segundo alumbramiento, una segunda incorporación al mundo pero esta vez pisándolo y recorriéndolo. Y por lo visto esas prisas le surgían del propio temperamento, que se le desveló antes siquiera de empezar a articular palabras. Era un no parar, un no estarse quieta, un interferir, un vértigo para cuantos la rodeaban, zalamera y pródiga en arrumacos como no ha habido chiquilla. Y no digamos ya si oía un leve tintineo, hasta un desvaído eco de música. Todavía una mocosa, se le iba esta a los pies, a los brazos, a la cintura, y trenzaba bailes incipientes, imitativos pero contagiados de una gracia genuina que con el tiempo, cuando torneó formas perfectas, cuando explotó en caderas de ensueño, se transformaron en movimientos propios, de una voluptuosidad que rendía, de una métrica corporal incandescente. Agustina sonríe cuando recuerda estos avatares de su infancia, de su adolescencia y más allá de ella, de su sueño, frustrado por las penurias y estrecheces familiares, de que la hubiesen podido ilustrar y formar en los trucos y entresijos medidos de la danza. Si bien no pudo ser porque la vida está así de mal distribuida.

 

Agustina Velarde Hinojosa es fumadora, gran fumadora; quizás porque le contagia pasión a cuanto hace y en esto tampoco iba a ser menos. Una vez enganchada, no había sido capaz de retirarse de ese apego. Y notaba las consecuencias en el pecho (tos empedernida), en la voz (voz de hombre dice siempre que está echando) y en las piernas (le afloran en ellas dolores circulatorios). Pero todo lo sobrelleva con una sonrisa y un encogimiento cómplice de hombros mediante el que se resigna y se conforma.

 

Ahora que se resiente en cierta medida, se acuerda de su vitalidad infantil, de cuando acompañaba a sus hermanos, mayores que ella, a excursiones y exploraciones por los alrededores, y más allá de los alrededores, trotando hacia arriba por el Barrio de la Antequeruela para ascender y ascender luego hasta el Llano de la Perdiz y allí olvidarse del tiempo y del mundo; o bajando e irse por el Paseo de las Palmas para enfilar camino hasta la Fuente de la Bicha por las umbrías y choperas junto a la orilla del Genil; en ambos casos muy lejos del pequeño territorio urbano que la circundaba y en que le estaba permitido su mundo de juegos y travesuras, el mismo que ella transgredía en travesura mayor al escaparse y traspasar las lindes prohibidas. Después llegaba la reprimenda, la regañina, el castigo, a veces con previa advertencia intimidatoria física de su madre en forma de una variable gama de cachetes que alcanzaban la bofetada si la falta era grave. Y la gravedad para ella consistía en el grado de peligro en que hubiera podido verse su hija, lo que la obligaba a ser expeditiva desde las profundidades de su cariño y devoción hacia los suyos. Metodología materna que siguió siéndole aplicada incluso tras infracciones y deslices en plena adolescencia, como ocurría, por ejemplo, cuando desbordaba en exceso los límites horarios de retorno nocturno, o tras ejercicio de alguna trastada (ya no era posible tildarlas de travesuras, que tal calificación está reservada para edades más tempranas) de significada resonancia. Valga de ejemplo aquella ocasión en que una amiga la llevó a su casa, atracaron el mueblecito bar del salón, eligieron una botella de menta con el nivel a los tres cuartos (estaban en la euforia de la mañana navideña de cierre de trimestre escolar de no recuerda ella qué curso en concreto), dieron cuenta del líquido a gollete hasta exprimir el cristal y, claro, cuando regresó a su casa, ciega y arañando paredes para evitar el derrumbe completo, llegó la de agarrarse a una vomitera verde de dimensiones oceánicas y de duración intermitente inacabable. Su madre esperó a que pasara la tormenta y el oleaje, la cuidó y la atendió en la necesidad y el desvalimiento momentáneos, aguardó a que recuperara la lucidez y le estampó luego un bofetón de padre y muy señor mío que la acabó restituyendo a la realidad con todas las coordenadas mentales recuperadas, que no las físicas porque el estómago le ardía vacío y en absoluto desamparo. También Agustina sonríe cuando lo recuerda, sin que los correctivos de su madre le torcieran un ápice su adoración hacia ella, entre otros motivos porque la mayoría de las veces los consideraba justos. Y porque le venía del roce continuo y prácticamente exclusivo, pues con su padre, panadero de profesión, con horario de sueños y vigilias encontrado con el resto de la familia, tenía el escasísimo trato de verlo únicamente en las comidas y, por tanto, recibía de él muy contadas lecciones educativas. Una de ellas, y sirva de botón de muestra, vino a cuento en su día a consecuencia de sus primeros escarceos con el tabaco, que se cuidaba ella de hacerlo a escondidas. Como a pesar de todo hubo quien la sorprendiera en la calle, un vecino entrometido y murmurador que se acercó de correveidile al cabeza de familia confiándole el supuesto delito de su hija, este se consideró en la obligación de llamarla a capítulo, frente a frente ambos sentados al amparo de la mesa del comedor, de informarla de la delación identificándole al confidente, y de advertirle que ni se le volviese a ocurrir fumar a hurtadillas y que mejor a las claras y en su presencia. Mientras esto decía, deslizó hacia ella un paquete de cigarrillos que le había comprado para apoyo y colofón de sus argumentaciones. También sonríe Agustina cuando viene a cuento referir la anécdota, o cuando simplemente la piensa al dar una calada y contrasta aquel espíritu paterno, quizás equivocado, pero qué distante con la acritud de ahora, con la intemperancia y el desenfreno con que se persigue y vitupera hoy día el hábito, con que se prohíbe, se estigmatiza y vilipendia, se hostiga y excluye, se tiende a calificar, en definitiva, de repulsivo, repelente, inaceptable…

 

Agustina Velarde Hinojosa se encuentra atrapada en una espiral a la que no ve salidas...; o tal vez existan, pero ella no sabe hallarlas. Porque la única realidad patente que percibe es que está con el agua por encima del cuello, rozándole los labios, a punto de ahogarla. Se le han sumado al hambre las ganas de comer. Y es que se encuentra en estado de crisis: la suya familiar, sujeta a muy desagradable cariz, redoblada por la ventolera envolvente de la otra que azota en general a la ciudadanía, la que últimamente viene atacando los bolsillos, mermándolos, dejándolos en las costuras desnudas.

 

Ha perdido cónyuge y trabajo; el primero, por su real gana y tras decisión meditada y fundamentada en diferencias profundas con el susodicho; el segundo, por real capricho, en este caso patronal, sustentado en sibilino y torticero aprovechamiento de las circunstancias, de eso que llaman, y ella no acabará de entenderlo nunca, la contracción económica global. De contracciones sólo conoce las parejas e inevitables a la traída de hijos al mundo, que ha sentido y sobrellevado por cuadruplicado. Paralelamente al transcurso de estos advenimientos, su convivencia conyugal ha ido padeciendo a lo largo de los años vaivenes y altibajos de los que raras se libran. ¡Para qué ocultarlo si es la pura verdad! Los casi ya olvidados primeros embelesamientos y fervores mutaron pronto hacia la templanza; imperceptible y gradualmente, pero cambiaron en ese sentido. Hasta desembocar y verse ella mecida y empujada por la marea uniforme de una coexistencia repetitiva, insípida, insubstancial…; sosa y pava en la precisión de sus términos llanos cuando hace memoria, por definirla cabalmente. Pasar de ahí a los primeros roces, también en una evolución invisible, luego a leves altercados, después a alguna que otra agarrada y bronca, todo fue un progresivo desmoronamiento de la montaña de la pasión inicial hasta quedar esta convertida en la llanura de la cotidianeidad con muchos socavones y mucho guijarro interpuesto que dificulta la marcha de la vida, cuando no es que la arruina a veces hasta el límite del descalabro. Tal que así le había ocurrido a Agustina, sin que ella lo quisiese ni lo pretendiese. No obstante, sí hubo un momento en que adoptó decisión fulminante. Fue cuando no hace tampoco demasiado percibió que su marido sería capaz de llegar a las manos y se notó que no era ella persona con aguante para andar por ese camino. Al primer ademán amenazante correspondió advirtiéndole que, si la rozaba con sólo un dedo, le arañaba los ojos hasta sacárselos. Que no había nacido hombre que la lastimara y luego no se arrepintiese de por vida. Con qué entonación no lo diría que se enfriaron para siempre los bríos del contrincante y esposo. A pesar de ello Agustina ya no fue la misma y a partir de ese momento comenzó a urdir la escapada, que se fraguó en separación primero y divorcio después, sobre los cuales nunca quiere abundar, ni es menester ahora, porque se dieron pasos inhóspitos, alguna que otra disputa adobada de reproches sobre dichos y hechos antiguos y recientes, que no satisficieron ni consolaron a ninguno de los dos y que a ella le supusieron quedar con mal sabor de boca. Pero a lo hecho pecho y la carga en las espaldas. Las que mantuvo firmes para seguir sacando adelante a los cuatro hijos que guardó consigo. Y de esto no hará tanto, un par de años escasos. Aunque suficientes para comprobar su dureza y para constatar en sus propias carnes que no hay situación mala que no sea susceptible de ir a peor. Porque a Agustina se le ha cruzado por el camino la tan traída y llevada crisis económica, que ha añadido mucha mucha leña al incendio de sus estrecheces. No sabía cómo apretarse más el cinturón cuando le ha sobrevenido el golpe de gracia: su despido del trabajo que mal que bien soportaba, un trapicheo laboral más que otra cosa pero que la había estado ayudando hasta hacía poco a sobrevivir a duras penas al lado de sus hijos, el mayor de ellos sólo recién salido de la pubertad y sin saber todavía ser hombre.