El hijo del suicida.- Capítulo 1

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Yo soy hijo de un suicida. Expuesto así, pudiera parecer lo dicho una simple afirmación, una constatación banal, estándar, que no implica más allá de la mera mención referencial de que mi padre en su día, en su momento, tuvo a bien o a mal (quién sabe) despedirse de la vida por propia iniciativa y a saber por qué motivos. Sin embargo, a mí se me conoce, para mayor precisión, como el hijo del suicida, así, con la doble determinación individualizante, como si no hubiese habido ni en el mundo ni en la historia más suicida que mi padre.

 

Y mira que tengo la sospecha, casi la convicción, de que el suicidio ancla sus orígenes, sus primeras manifestaciones, en paralelo al devenir de nuestra especie, muy empeñada desde hace miles de años tanto en reproducirse como en aniquilarse. Y si para lo primero no hemos sido capaces, o no nos ha sido dada la posibilidad de diversificar los métodos fuera del enriquecimiento de las variedades posicionales o de los aditamentos físicos y mentales a la hora de buscar y propiciar la procreación, para lo segundo, para la aniquilación y la muerte, no hay otra especie que nos pueda echar un pulso en lo tocante a modos y maneras, justificaciones y excusas, números y cantidades, variantes de afectación a individuos o a masas, ubicaciones y acumulaciones en espacio y tiempo, y todo un largo etcétera en el que el suicidio se incluye y se constituye como rasgo y peculiaridad que nos identifica y, por ende, nos diferencia del resto de seres vivientes.

 

Para acabar siendo nombrado como el hijo del suicida, lo que dicho de modo tan singular ya es señalamiento harto premeditado y triste, hubieron de conjugarse varias circunstancias. La primera, claro y obvio, que mi padre decidiera poner fin a su existencia y perpetrara esa decisión de manera expeditiva y firme, cuestión que ya se conocerá más adelante con pormenores y detalles fidedignos. La segunda circunstancia tiene que ver con el entorno. A saber: allá donde abunden, o tengan al menos cierta pluralidad los suicidios, sería absurdo colocar a alguien el apelativo tan aislante al que vengo haciendo alusión. Habrá sin duda más de un suicida con descendencia, porque el antojo sustancial de querer morirse y llevar tal deseo a efecto por propia mano no suele distinguir accidentes, coyunturas o atenuantes familiares. Tenido en cuenta esto, la imaginación colectiva que se conjuga a la hora de poner a alguien sobrenombres, alias o motes sabe de antemano concluir muy bien en los inconvenientes de señalar a uno con pelos y señales que poseen varios. Ello difuminaría la efectividad identificadora y toda la intención de referencia se iría al traste. ¿Qué se deriva de lo anterior? Sencillo; que en mi entorno yo era el único candidato posible a recibir tal calificación; que mi padre, vamos, fue y es allí y hasta hoy el único suicida existente, por mucho que tal afirmación resulte significativamente contradictoria. Que, además y como se habrá sabido deducir, era yo el único descendiente que él había engendrado, dado que, de haber poseído hermanos, difícilmente se me habría podido señalar con distinción tan nítida. Que, en definitiva y por tal singularidad, se tardó muy poco en etiquetarme con el epíteto y aquí estoy ahora, llevando a cuestas este morral sin que nadie haya caído nunca en la cuenta de si me incomoda o no: el hijo del suicida.

 

Cuando menciono mi entorno, estoy refiriéndome a mi pueblo. Tener ancladas las raíces personales en un pueblo, marca. Y mucho. Lo sabré yo. Pero no hago memoria de esto por pura añoranza, sino en los estrictos límites de las presentes elucubraciones, de estas breves divagaciones mías que, dicho sea de paso, se me han repetido ya en más de una ocasión cuando pienso en mi padre y en mi sobrenombre. Lo hago porque mi pueblo, a su vez, se viste y se adorna con una singularidad bien especial en el paisaje abrupto, geográfico y humano, sobre el que, si no puede decirse que se asienta, al menos diremos que se sostiene a duras penas. Y me explico.

 

Mi pueblo, diminuto y casi imperceptible, apareció en su día en la pequeña falda de una pequeña montaña; y allí sigue, lavado de cara de vez en cuando, pero sin que pueda decirse que haya llegado la hora de orientarle los calificativos, si no a la grandeza, al menos hacia la medianía; dicho todo con el mayor cariño del mundo por mi parte, aunque asentado este en las verdades que da el conocimiento exacto de la realidad, la certidumbre de lo visto y vivido y el hallarse uno con los pies bien puestos en la tierra. Suele ocurrir en sitios como estos, cerrados en sí mismos o poco más allá de sus cercanías y aledaños, sin otro universo conocido que el circunscrito a la inmediatez, sin más historia rememorada que la de los acontecimientos repetidos año tras año o la de los sucesos muy extraordinarios, tanto como para que casi se fijen en el subconsciente, en el poso cultural de cada pequeña colectividad, suele ocurrir, insisto, que la relación que se establece entre lugares colindantes es la de la rivalidad, más profunda mientras más está cada uno de ellos involucrado sólo en su propia vida, buscando una prosperidad casi rayana en la subsistencia del día a día, en el equilibrio peligroso de la autarquía casera.

 

Pues bien, se daba el caso de que entre el mío y otro cercano se hallaba enraizada una rivalidad antigua de muchos dimes y diretes, de bastantes supuestas excelencias nunca compartidas, siempre privativas de uno en detrimento del otro, siempre pavoneada la posesión o propagada la carencia. Salvo cuando el atributo poseído se manifiesta deleznable, digno de ocultarse. Entonces el contrario tiende a destacarlo y no desprecia ocasiones para echarlo en cara, para airear la afrenta en los duelos habituales de cruce de calificaciones y descalificaciones, en los empeños de escarbar en las heridas abiertas, hacer nueva sangre y, si no despertar la cólera, propensa a respuestas más que verbales, sí dejar al contrincante al menos con el reconcomio y el escozor a flor de piel. Resulta en concreto, y aquí desciendo al detalle, que en esta rivalidad de la que hablo ocupaba lugar preeminente la mención específica a los desvaríos de la mente, concentrada en dos simples alusiones que tendían a resumir y a agrupar a la vez todas las variedades de los trastornos psíquicos: la locura y la idiotez, repartiéndose ambas, de modo exclusivo e intransferible cada una, entre las dos comunidades. Y vino a ocurrir que entre los míos la fama era la de abundar los locos de atar; y entre los otros, los tontos de solemnidad. De manera que habitualmente se ha conocido, y se ha utilizado como arma arrojadiza por la parte adversaria, la existencia del loco del pueblo en un lugar, o del tonto del pueblo en el lugar contrario.

 

El caso es que no sé si la realidad fecunda y origina la fama o esta acaba condicionando y conformando a la primera, pero lo cierto es lo cierto: siempre he sabido de la existencia palpable de algún loco entre mis convecinos, a veces más de uno, sin distingos de condición ni género; así como también siempre se me ha hablado del tonto de los otros, lo que he dado por seguro y jamás he puesto en duda. Comprobado que la mención peyorativa propia era irrefutable, ¿por qué me iba a andar yo indagando sobre la verdad de la ajena y no creérmela a pie juntillas, con la fe férrea del convencido, máxime cuando ello era piedra angular de los cimientos de nuestras rivalidades?

 

Viene todo esto a cuento porque suele ser muy habitual ligar el suicidio con la locura y era necesario informar de los anteriores detalles pues no quiero ser acusado con posterioridad de haberme olvidado en el tintero posibles confidencialidades que dejen coja esta historia. Y lo digo para que quede bien claro desde el principio que mi padre no estaba loco, por mucho antecedente y costumbre asumida de haberlos entre nosotros.

 

Se fundamenta esta afirmación última tan rotunda en dos pilares firmes y para mí absolutamente irrefutables, que no permiten resquicio alguno para la duda. En primer lugar, porque nadie lo catalogó nunca como tal, nadie lo tildó con la idiosincrasia del pueblo, con su peculiaridad identificativa de la locura. Esto es ya una garantía digna de ser considerada Y es que hace falta contar con el conocimiento de que para mis gentes de antaño (ahora ya les he perdido el rumbo y no podría dar mucha fe de sus avatares presentes, de su modo actual de concebir y hacer frente a la vida) el carácter de una persona no se adquiere, más bien se viene ya con marca desde el nacimiento y la edad lo único que aporta son pequeños matices, leves variaciones y añadidos que no llegan ni a desviar los renglones preescritos. Se poseen intrínsecamente unas cualidades, afloradas o en germen, de las que el devenir de los días y los años siempre acaba dando cuenta. Se perciben indicios desde la propia niñez, se acumulan pruebas que concluyen a la postre sentenciando y definiendo a cada persona. Por el contrario, no se conciben cambios bruscos, brutales, comportamientos que rompan frontalmente la línea más o menos recta, sólo acaso de leves sinuosidades, trazada hasta un determinado momento. Todo lo anterior, soy consciente de ello, podrá ser puesto en tela de juicio, pero yo ahora no estoy argumentando ni justificando nada; mi empeño se centra únicamente en dar noticia fehaciente de lo habido, sin inmiscuirme ni entretenerme en deslindar lo que se ajuste o no a parámetros lógicos. Cuando se tuvo noticia del suicidio de mi padre, no se acudió a basarlo en la ausencia de la razón, del normal discurrimiento. Se optó por dejar incomprendido, injustificado el hecho, antes que rectificar la opinión, fraguada durante largo tiempo, de que mi padre había estado siempre en sus cabales y a saber por qué habría tomado aquel atajo, aquella trocha corta y veloz de rendirse cuentas a sí mismo, dar por suficiente lo vivido y decir un adiós, una despedida fuera de lo común, eso sí, pero que no por ello tenía forzosamente que implicar no estar en plena posesión de sus facultades. No era cuestión, pues, de que un criterio asentado, de comprobada eficacia y sin yerro previo alguno, fuese puesto en solfa a las primeras de cambio. De modo y manera que este parecer colectivo dictó su ley, estableció verdades sobre el asunto y yo así las acepté y quedé convencido de ellas.

 

El segundo pilar, y esto es aún más concluyente, lo constituye el parecer de mi madre. Ella, persona de carácter y temperamento, y muy de los suyos, se ha significado invariablemente por la firmeza de sus convencimientos. Una vez llegada a ellos, fuere como fuere, no ha habido nunca fuerza humana capaz de arrancárselos. Se podría pensar, y se estaría en lo cierto, que no habría ella de estar exenta de algún posible traspié en más de una ocasión y que en estos casos su firmezas no serían sino empecinamientos en el error. Pero la realidad es que, alcanzada y defendida determinada conclusión, no le recuerdo equivocaciones. Será, digo yo, porque ha llegado siempre a las suyas tras sopesar muchos pros y muchos contras en el ejercicio de sus reflexiones. La cuestión, en suma, es que en uno de los recordatorios habituales que de vez en cuando venían a cuento sobre los entresijos de la muerte de mi padre, salpicados por alguna inquisición, por alguna duda sobre su cordura, ella parece ser que estaría colmada y decidió que fuese el último con palabras recias:

 

—No quiero volver a oír hablar de esto en la vida. Se murió y ya está.

 

Y ya está. Cerrojo y llave. Asunto cerrado. Cuando mi madre pronunciaba su ya está sobre cualquier litigio, diatriba, disputa o discusión de mayor o menor trascendencia y rango, cuando echaba el cierre con su ya está, difícil era que encontrase oponente, no ya que la haya hecho rectificar, sino que siquiera se haya atrevido a traer a colación de nuevo el tema, a redundar sobre él en su presencia. Y esa manera de concluir de mi madre la fui percibiendo poco a poco, la fui aprendiendo en paralelo al desarrollo y crecimiento de mi propio uso de la razón; de modo que tengo bien asentada entre mis cualidades, si es que dispongo de algunas, la costumbre de hacer caso a sus juicios, no ya sólo por ser inapelables, sino por la experiencia acumulada de que rara vez ha caído en el desacierto. Ha mantenido siempre un tino certero, una puntería digna del mayor respeto, cuando no de la estima de muchos que la han tratado. Así que este segundo pilar sobre el que se sostiene la certeza de que mi padre no echó a mal perder su vida como fruto de un arrebato de desatino, la convicción de quien viviera con él durante tiempo, de quien lo conocía bien y sabía de sus virtudes y miserias, que las tenía como todo hijo de vecino, ese convencimiento ajeno pero cercano me dejaba a mí al margen de más preguntas, de reincidencias, de quebraderos de cabeza, para acabar refugiándome en la seguridad cómoda de no poner en duda el dictamen de mi madre de que mi padre no fue un loco de remate que en una acometida de mala conjunción de sus nervios vino a dar al traste con todo de manera definitiva. Para él, por supuesto; no para el resto, incluido yo, que nos quedamos al relente del frío final de su historia, a la intemperie descarnada de un hecho sin remedio. Porque toda historia que se trunca tan súbitamente y, de añadido, de modo tan incomprensible, tiene para mí un algo que hiela la sangre.

 

Sin embargo, no fue así, con la sangre petrificada, sino recorriéndome a borbotones, como quedé cuando mi madre tuvo a bien hacerme sabedor de otra de las características que me adornan, aunque no tengo muy claro que sea justo ornamento. No recuerdo la edad con la que contaba en el momento de esta revelación, ni viene al caso, ni tampoco me atrevería a afirmar que la noticia de que hablo se me diese al mismo tiempo que la de las condiciones de la muerte de mi padre. Resulta que él murió antes de yo nacer. Decidió abandonarse, digámoslo así, a la par que renunciaba conscientemente a la posibilidad de conocer a su hijo. De conocerlo, sostenerlo y orientarlo por las vicisitudes futuras. Dicen que cuando se está ante el horizonte, ante la expectación del amanecer de una nueva criatura, especialmente si es tuya, si es fruto de tu fecundidad, de tu más profundo goce convertido en su día en el germen mágico y multiplicador de ti mismo, dicen que entonces los deseos de vivir se acrecientan, se dotan de ilusiones añadidas, de recién nacidos proyectos y esperanzas. No sé, aseguran que se vive de otra manera, que se redobla el instinto de autoconservación para garantizar en adelante la supervivencia, la definición y el crecimiento de quien, siendo en origen desvalido y extraño a sí mismo, has de dejar en el mundo bien hecho y derecho, con talla y fuerzas para valerse por sus propios medios, ajeno y autónomo, con facultades capaces para la independencia y la prosperidad. Afirman que todo ello es un rasgo común, no ya de la humanidad, sino de cualquier bicho viviente que se precie de serlo.

 

Pero en mi caso, o mejor dicho, en el de mi padre no fue así y heme aquí con otro apellido incorporado a mi persona: ser hijo póstumo y serlo de un suicida. Ahí es nada. Póstumo, que quiere decir después del enterramiento, que quiere decir venido a la luz cuando al progenitor se le han extinguido todas las luces y no puede alumbrar, bañar del resplandor que le urge al descendiente desde los primeros pasos. Que quiere decir, en conclusión y en un caso tan peculiar como el mío, ser hijo del desentendimiento.

 

No es que llegase a estas sensaciones, evidencias y sabidurías en el instante mismo en que tuve noción absoluta de mis orígenes. Cuando menciono esto, ya estoy haciendo un ejercicio recopilatorio y resumido de las consideraciones que me han ido viniendo a la mente en el curso de años sobre esta circunstancia. De una de las cuales aún no les he dado cuenta. Que no fue sino el despertar de la sospecha. ¿Por qué no quiso conocerme, dejarme al menos en los titubeos de los primeros andares vacilantes, en el balbuceo de la primera palabra, que quizás hubiese sido el nombrarlo con labios iniciáticos? O con todavía más pequeña exigencia aún, ¿por qué no esperó a mi primer roce, a oír mi primer llanto o a ver mi primera sonrisa aunque hubiese sido un rictus insignificante e involuntario, un remedo lejano de la risa y la carcajada? Si se quitó la vida y la cabeza la tenía en su sitio, lo cual ya hemos establecido como resolutorio, como irrebatible, ¿qué motivo, qué causa, que razón lo incitaron a desaparecer por iniciativa propia, a sabiendas de que optaba así por no conocerme? ¿O es que acaso no hubo motivo alguno? Esta última pregunta, sin embargo, me ha conducido siempre a callejones sin salida, a una concatenación absurda de nuevas interrogaciones, a una cadena de eslabones sin sentido que también siempre he abandonado inacabada, rota, con sabor áspero en la boca, de insatisfacción pero asimismo de renuncia, de desasosiego pero igualmente de reclusión en las seguridades momentáneas que da el no seguir interrogándome, el acatar como verdad propia las verdades extrañas.

 

De modo que, en resumidas cuentas, con lo dicho ya he ofrecido noticia elemental, una pequeña noción a pinceladas todavía de brocha gorda, de mis raíces. Mi nombre no importa, como creo que no interesa el de casi nadie porque en el tiempo presente los nombres implican un mero capricho, una costumbre, una casualidad a la hora de anteponerlos a los respectivos apellidos. Más vale saber de alguien por el fruto y la herencia de sus comportamientos y no por el título vacío que otorga su inclusión en los registros oficiales, en esas nomenclaturas que a la mayoría sólo les sirven para sentirse incluidos entre los vivos. Lo repito, mi nombre no importa, como no importan tampoco el de mi padre o el de mi madre. Conviene mejor, por ejemplo, conocer de la segunda que, al cabo de los años de la muerte del primero, acabó adoptando dos decisiones rotundas: tomar nuevo marido; y luego, cumplir a rajatabla el propósito de no volver a tener hijo alguno para que nadie de su sangre, como me contó en repetidas ocasiones, hubiese de pasar por los mismos trances, momentos y situaciones por los que yo me he ido moviendo. Sobre todo, el de verme despojado de padre antes incluso de probar la primera bocanada de aire y, especialmente, el de tener que saber de esta realidad y de las causas que la propiciaron. Así que esta última decisión de mi madre, llevada a efecto sin dudas, sin oscilaciones del ánimo, sin grietas ni fisuras por las que se colara el descuido, cerró y completó mi definición: hijo único, póstumo y de suicida; atributos todos de carácter tan singularizante y encorsetador que, sin llegar a la asfixia, sí alcanzan a veces a oprimirte hasta el pensamiento y cercenar las ideas nada más brotar; atributos todos, sin embargo, que he logrado sobrellevar con paciencia, aunque, para ser por completo sincero, he de reconocer que a costa de ir rompiendo muchos lazos al traspasar cada etapa de mi vida, lo cual me ha solido traer como consecuencia algunas orfandades y el empezar de cero, con lo que eso paradójicamente arrastra consigo.

 

Resta sólo una última confidencia, desvelar cierto presagio, cierta intuición nacida también al hilo de las aseveraciones convencidas y convincentes de mi madre, al cobijo de una de sus respuestas de cerrojo y llave de las que ya he hecho comentario, de ese ya está suyo concluyente, cerrado a las prolongaciones y preludio de silencios absolutos. Ocurrió con motivo de alguna reconsideración en torno al tema del suicidio de mi padre. Tampoco recuerdo qué interlocutores había, fuera de mí, en aquella conversación, la concurrencia o compañía que pudiese dar testimonio y confirmar cuanto digo. Sí puedo afirmar que no se trataba de ninguna nueva insistencia sobre si estuvo o no en su sano juicio, sino sobre la propia esencia de su proceder, sobre si la muerte se la provocó él mismo o le vino dada. Como fuera que la plática se adentraba en exceso, cuando menos en el parecer de mi madre, por el camino de las dudas y los cuestionamientos, ella no se anduvo con remilgos ni pelos en la lengua, dijo un no sé qué sobre la hartura que le provocaba tanto la forma como la materia de que se estaba tratando y concluyó:

 

—Se murió y ya está.

 

Sin embargo, no sé por qué ni en base a qué, aquella vez las palabras de mi madre me supieron a cierre en falso, a prisas, a urgencias por eludir, por evitar, por dejar al margen, sin el fin objetivo de acabar desenredando el ovillo de las incomprensiones, la madeja deslavazada de vueltas y vueltas sobre lo mismo. Cuando se habla, no sólo se mueven los labios, se expulsa el aire y con él se arremolinan los sonidos secos que forman las palabras. No, los sonidos los modulamos con una escala de tonos que los matizan y enriquecen, que añaden significados, implícitos o explícitos, vinculados con el sentimiento y no con el entendimiento. Nos ofrecen una gama de recursos expresivos que tienen más que ver con el corazón que con la razón. En ocasiones incluso contradicen, cuando no se oponen frontalmente a la semántica limpia de nuestras verbalizaciones hasta elevar el muro de la ironía y el sarcasmo. Pero es que el hablar entre unos y otros, en el contacto directo e inmediato, lleva aparejada además la ineludible presencia de los gestos, que también incorporan nuevos matices. Los ojos, el rostro entero, las manos, el propio cuerpo, todo ello se nos convierte en herramienta para añadir otros sentidos a los sonidos desnudos que encadenamos sílaba a sílaba. La alegría, la pena, la sorpresa, el asombro, el miedo, la insatisfacción, la contrariedad, la casi infinita gama de nuestras sensaciones, de las impresiones que nos produce el mundo, hallan escaso caudal para aflorar entre las estrechas orillas del torrente escueto de las palabras. Y creo que tal misterio, a la vez que revelación, lo atisbé y descubrí en aquella ocasión, no en la boca de mi madre, sino en toda su compostura, especialmente en su mirada, que registró un aire huidizo, esquivo, deseoso de pasar página y capítulo. Su afirmación, deduje yo de la sequedad cortante con que la construyó en tres golpes de voz escoltados por el sesgo fugaz de sus ojos, sobrepasaba la simple constatación estricta. Quería decir mucho más y de camino dejarlo oculto.

 

Pero ¿qué más quería decir y por qué dejarlo oculto? Dos preguntas que me hice entonces, que quedaron en el aire y para cuya respuesta no tuve otro remedio que dar paso al transcurso del tiempo, a los descubrimientos, unos casuales, otros indagados, a los que me han llevado andanzas y peripecias de cuyos pormenores a nadie había revelado nada hasta ahora.