El hijo del asesino. Capítulo 1

Capítulo 1

 

—Quiero que me localicen una llamada telefónica.

 

Con este imperativo escueto pretendía imponer Eugenio Quesada labor urgente e inapelable al despacho de abogados que se ocupaba de sus asuntos. Bien sabían en él los bregados en su trato que una indicación suya constituía señal de zafarrancho de combate, asignaba obligación de la que era imposible evadirse y cuya transgresión, o relajación en su cumplimiento, podía arrostrar consecuencias las más de las veces broncas, cuando no imprevisibles. Sin embargo, el meritorio al que tocó en suerte atender a la demanda, nuevo en la plaza desde hacía muy poco, se estrenaba estrellándose contra su primer litigio áspero en el contacto con clientes. La pura casualidad del reparto de turnos lo había condenado a levantar el auricular y a recibir tipo de encomienda sobre la que no había sido advertido que cupiese en la gama de labores del bufete. Tal ignorancia y su comportamiento derivado de ella en el curso de la breve conversación lo conducirían con posterioridad a ser víctima de expulsión fulminante, tras exigencia y ultimátum sin condiciones del artífice despechado de la llamada. El pobre pasante, ingenuo él, observó conducta que lo empujaría a la desdicha de su despido, bisoño aún en las labores, competencias y especificidades de su ayudantía jurista. Consistió su respuesta en enredarse en apostillas y acotaciones dilatorias con la pretensión de hacer entender al peticionario que allí no se dedicaban precisamente a menesteres de detective. El deje irónico con que moldeó la advertencia fue su perdición, porque al otro lado del hilo telefónico sonó a insolencia y no a justificación. La porfía, con todo, no avanzó a mayores, sino que se solventó con orden terminante en contenido y tono.

 

―Páseme con alguien más jefe, carajo, y cuídeme el respeto ―fueron las palabras rotundas de Eugenio Quesada.

 

Cuando alguien ciertamente jefe y veterano allí fue alertado y situado en conocimiento sobre quién llamaba y qué demandaba, se le pusieron atentos y solícitos hasta los modos de respirar, no en vano el personaje que se les dirigía contribuía en proporción considerable al sostenimiento del negocio de asesoramiento y defensa que habitualmente se traían entre manos. Cuota fija anual de mucho dígito y emolumentos jugosos por cada operación concluida con éxito basaban la estrecha y vieja relación entre Benítez Alcaide Abogados y Eugenio Quesada, don Eugenio en el haber protocolario de la casa, que le mimaba el tratamiento con sabia y prudente estrategia.

 

Era don Eugenio un eminente empresario del ramo de la construcción, de pujanza y dominio indiscutibles en el sector y de sólidos fondos bancarios, ya en cuentas a la vista ya en saldos opacos, lo que en conjunto lo catalogaba como poseedor de disponibilidades monetarias estratosféricas. Cundía la fama por la ciudad, y fuera de ella, sobre sus orígenes humildes, acaso oscuros, sobre sus penalidades y trabajos forzados primero, sobre su progresiva redención del vivir de lo que se procuraba con las manos desnudas para pasar a ir medrando mediante el arrojo y el riesgo, el aventurarse en empresas de calado, el sortear con tesón las dificultades iniciales e intermedias, hasta la conclusión de acabar contando con un imperio empresarial de considerables dimensiones, todo él centrado en exclusiva en la vertiente del ladrillo, todo él en régimen cercano al monopolio, visto que en lo tocante a echar cimientos y levantar muros nadie osaba toserle ni estorbarle, al menos por las latitudes urbanas en las que él asentaba sus actividades.

 

Precisamente, uno de los pilares más firmes para el sostén y fortalecimiento de la sociedad constructora que capitaneaba Eugenio Quesada había sido sin lugar a dudas el despacho de Benítez Alcaide Abogados. Sus formas de proceder, a las bravas y sin careta, sin recato ni miramientos ni circunspección alguna, sin cuestionamientos ni titubeos de conciencia, encajaron en su día como anillo al dedo de los trapicheos que Eugenio Quesada urdía y entretejía con trama fina. El abogado, en sus exactos orígenes léxicos, es aquel a quien alguien llama en su auxilio. La cuestión, sin embargo, se complica y enrarece a la hora de concretar escaparate y trastienda de la profesión según cuál sea el socorro reclamado, la dedicación en la que es debido emplearse. O si la demanda surge con anterioridad a los hechos o circunstancias necesitadas de asistencia, o bien a posteriori; es decir, si nos situamos en uno u otro de los dos polos de la disyuntiva clásica entre el prevenir o el curar. Que de todo ello fue precisando don Eugenio en el curso de sus arreglos y desarreglos empresariales, atendido con diligencia y probada eficacia por Benítez Alcaide Abogados, quienes no solían interponer peros ni contras por muy espinosos que fuesen en ocasiones los pleitos o enmarañadas y ambiguas las prevenciones.

A ellos había acudido Eugenio Quesada hacía ya tiempo en sus primeros escarceos con la justicia, por problemas derivados de ciertos deslices inexcusables (según él) en sus negocios. El eufemismo del desliz no quería significar sino el haber trampeado y haberse saltado a la torera alguna que otra norma urbanística. A partir de ahí, a lo largo de muchos años posteriores, y a fin de prevenir y no tener que curar, constituyó menester habitual del bufete el escudriñamiento de hasta los últimos recovecos legales vigentes en materia urbanística espulgándolos y encontrándoles vacíos sabrosos, lagunas escondidas, limbos jurídicos o administrativos, y todo un largo etcétera, en una recopilación y ejercicio de triquiñuelas pertinentes a cada caso en que se ocupaban con el fin de no dar ningún paso en falso. Se convirtieron, en definitiva, en expertos cualificados en el arte de la rebusca y la exploración por el fárrago normativo que rige el levantamiento de viviendas, en peritos sobradamente versados, indiscutiblemente habilidosos a la hora de arrimar todo a la conveniencia de su cliente.

 

No había, por lo demás, quien les mojase oreja en lo tocante a desenvolverse por los laberintos de la burocracia ineludible de la tramitación de expedientes; de la solicitud de permisos, licencias, autorizaciones; de la obtención de concesiones y todo tipo de conformidades oficiales de cara a allanar el camino del lucro de su abonado, que a la par le venía bien a su propio medro y prosperidad. De tal modo que Eugenio Quesada fue abandonando en sus manos, paulatinamente y hasta hacerlo definitivo, el control de la jerigonza de procedimientos requeridos para la cobertura legal de sus iniciativas emprendedoras en el ramo de la construcción. Cabía en ello ancha gama de diligencias. Unas, en el curso anodino y repetitivo de lo puramente formal y protocolario; otras, sin embargo, en las que era de cajón afanarse en sutilezas, extremando, eso sí, cautelas y sigilos.

 

Consistía esto último en la prospección y la vigilancia cotidiana en torno a cualquier nueva sobre la actualidad urbanística, sobre licitaciones y concursos, sobre recalificaciones de suelos, sobre planes de ordenación y reordenación de terrenos con sonados alborotos y bailes de criterios de por medio. La consecuencia era que determinados principios supuestamente sagrados de protección de espacios (originalmente destinados a esparcimientos lúdicos, culturales, deportivos...) se venían abajo de sus altares en poco más del tiempo de un estornudo por no se sabe bien qué artes, intervenciones o providencias. Aunque, dicha sea la verdad en su totalidad y en sus minucias, en Benítez Alcaide Abogados sí que solían estar al día de por qué vericuetos se habían dado los pasos oportunos. Y es que Eugenio Quesada también concluyó en dejar definitivamente en sus manos peritas los tejemanejes al uso a la hora de torcer voluntades, derrumbar muros, defenestrar a recalcitrantes obstinados (¡habrase visto ilusos!) en preservar para uso común lo que guardaba perspectiva de tajada particular si se adobaba con los condimentos adecuados. A tales efectos, ya no se ataban con reparos ni freno alguno; si acaso el de la clandestinidad, el de la precaución y el secreto, pues se sabían rozando los bordes inestables de la violación de la rectitud, cuando no resbalando por los precipicios de la ilegalidad o hundidos en sus abismos. En fin, que a Eugenio Quesada le resultaban de muy buen provecho los servicios de Benítez Alcaide Abogados, ya para la simpleza de la cumplimentación de un sencillo formulario, ya para el arrojo y calado mayor de ser cómplices en chanchullos y especulaciones de mucho tronío, fundamento y repercusiones.

 

Otra vertiente de sus empeños profesionales se desviaba hacia el asesoramiento laboral en el ámbito de la maraña empresarial de su cliente, persistentemente orientada esa labor a cubrir las espaldas a las que se debían. A este respecto habían recibido instrucciones claras desde el primer momento: huir de las sensiblerías y las compasiones, aplicar a rajatabla la ley del más fuerte, erradicar, si era indispensable incluso a sangre y fuego, a díscolos, alborotadores o insolentes, y no dar por perdido litigio alguno en este campo por muchos reveses que recibiesen. Entre esos márgenes podían actuar a discreción y gusto.

 

Y es que la relación patronal de Eugenio Quesada con sus asalariados fue durante sobrado tiempo de cartabón y escuadra, trazada con línea gruesa y dura, invariable, regida por cánones que no consentían la intromisión de reglamentos externos, de juramentaciones foráneas en pro de no se sabía qué cuentos chinos sobre derechos y salvaguardas. Casi gremial y de obediencia debida. Quien quisiese prosperar, que se acogiese a sus propios bríos y le echase riesgo a la vida, igual que había hecho él para dejar de penar sudores y no seguir viéndose las manos desolladas a cada vuelta a casa. Pretender mamar y saciarse a costa de ubres ajenas es de poco hombres, aseveraba cuando venía al caso resumir su filosofía del trabajo. Él ofrecía oficio y beneficio con que ir tirando, no con objeto de otros alardes ni alegrías. Así se habían portado con él mientras se sujetó a patrón. A santo de qué era cuestión de torcer las costumbres, esas tan demostradamente eficientes de colocar a cada cual en su justo lugar: al emprendedor con el premio que se merece; y al abúlico de escasas miras y horizontes, en el redondelito minúsculo y cercado, de palpables estrechuras, al que lo conducen sus limitados ideales. Tan brutal y simple concepción del trato humano, excluyendo cualquier tentación de ceder ante circunstancias y situaciones personales, por muy lamentables y dignas de misericordia que fuesen, lo catalogaba de hueso bien duro de roer. Y, sobre todo, protegido como estaba por la segunda coraza interpuesta de Benítez Alcaide Abogados, quienes ejercían de avanzadilla en primera línea, de pelotón de choque directo en las escaramuzas que suelen ser habituales entre empleador y empleado. Las únicas, por cierto, que cabían en el entramado contractual del emporio de don Eugenio. Porque para la guerra directa, para la confrontación global, ya se había procurado este alzar sólidas estrategias con el fin de que ningún amotinamiento colectivo osase subírsele a las barbas, no dudando incluso, así había ocurrido en alguna ocasión, en quemar naves y hundirlas con la tripulación a bordo, de capitán a marinero raso, demostrando quién manejaba el timón de su empresa de modo absoluto.

 

Pretendía Eugenio Quesada con su llamada a Benítez Alcaide Abogados obtener las señas identificadoras de cierto individuo con la idea premeditada de guardarse las espaldas en un asunto que quizás pudiese acabar en términos ¿de vida o muerte? Tal vez exageraba, aunque nunca está de sobra el ser precavido. Endosó la tarea con tres frases terminantes: saber nombre y apellidos del sujeto en cuestión, conocer dónde vivía y contar con esos datos más pronto que tarde. Con añadido final condenatorio, en recuerdo de la recepción telefónica sufrida.

 

—Y al imbécil ese que me tienen al teléfono, me lo echan; porque si vuelvo a tropezar con él, se acabó el trato que nos traemos.

Ezequiel Benítez, uno de los socios que daba nombre al despacho, quien con aire paciente había asumido la responsabilidad de atender a don Eugenio cuando este reclamó a alguien de mayor categoría, correspondió al encargo con varias frases ceremoniosas y adulatorias (trámite inexcusable), prometió celeridad y esmero en la ejecución del requerimiento de su cliente y aseguró que el pasante acusado de descortesía y falta de delicadeza era ya historia en la casa a partir de ese instante. Y, tras un remate final deseándole mejorías para su salud, cerró capítulo y se puso manos a la obra.

Porque es bueno saber que Eugenio Quesada estaba gravemente enfermo, aunque ello no hubiese alterado su temperamento ni el genio con el que se movía por la vida. Parecía empeñado en mantenerlo, según dice el dicho, hasta la mismísima sepultura. Adolecía de dos males profundos e irrevocables. Uno se le aposentaba en el corazón y el otro en el cerebro, lugares primarios para la existencia, qué duda cabe.

 

En el primero arrastraba secuelas de un antiguo infarto, que le sobrevino agazapado y silencioso, sin aviso, sin síntomas, pero que le había ocasionado la merma de algunas constantes y el permanecer en adelante sujeto a restricciones, a medicación diaria y a andarse con ojito con los excesos de cualquier tipo que pudiesen afectar a su maquinaria ya tocada y a todas luces delicada. Algo que, por descontado, se saltaba él a la torera cuando le apetecía y ay de aquel que le objetase y le pusiese peros recordatorios, letanías y demás tabarra al uso en situaciones parecidas. El curso de sus días lo regía él solo, sin permitir intromisiones, consejos absurdos o pedanterías de debiluchos. Bastantes escollos difíciles había sorteado en su vida, a expensas de sus exclusivas fuerzas, como para amilanarse ante una dolencia, si bien respetable (tonto no era), sí controlable y controlada en mayor o menor medida. De hecho, la anomalía había quedado al descubierto en el trámite de una revisión rutinaria y nunca dio luego señales de vida con recaídas subsiguientes.

Lo peor, sin embargo, lo que lo mantenía condenado, merodeaba por su cabeza. Hacía ya un tiempo, leves dolores, persistentes y reacios a desaparecer a mano de paliativos habituales (analgésicos, antiinflamatorios, distensores vasculares, pasando incluso por los remedios caseros de friegas artesanales), lo habían fastidiado durante una temporada. No se trataba de un malestar profundo, pero sí incordiante a más no poder. Si de por sí don Eugenio era irascible, a partir de entonces lo soliviantaba cualquier inconveniente por trivial que fuese. Un leve portazo, una perturbación extemporánea o no prevista ni anunciada, un revés o una intromisión intrascendente, la simple variación de la rutina diaria, lo inflamaban, lo hacían despotricar a diestro y siniestro. Solía subirse por las paredes y sólo la constatación fehaciente de que con tales arrebatos el pequeño dolor de cabeza se le insubordinaba y tendía a convertirse en embestidas de cierto calibre, sólo esa certidumbre repetidamente comprobada lo obligaba a sosegarse, a reconsiderar sus reacciones (algo nunca visto), a doblegarse a discurrir por los cauces de la calma y a abandonar los acaloramientos.

 

Hasta que hubo de dar en consultar a expertos. Y los expertos analizaron, investigaron y dictaminaron: tumor cerebral. El asunto no era nada baladí, por supuesto, porque no lo es ningún tumor maligno, tal como fue catalogado el suyo. Y ubicado en lugar extremadamente sensible y comprometido. Ante tal perspectiva sí lo acobardó el miedo; no tanto por la acechanza que su enfermedad implicaba para su propia supervivencia, de la que fue consciente desde el principio, sino por el pánico cerval que sentía a verse atrapado en las redes del dolor, en el probable calvario por el que sospechaba que habría de transitar si aquel mal enraizaba firme, no podía ser extirpado al completo y lo atrapaba con esa zarpa inclemente que no perdona ni distingue edades ni condiciones. Y visto que la medicina autóctona no le ofrecía suficientes garantías, acudió a la foránea. Se embarcó en viajes y estancias en el extranjero, allá donde se le recomendó la mejor asistencia. Echó mano generosamente de talonario y se sujetó a tratamientos, curas y a cuantos arreglos tuvieron a bien someterlo los entendidos en la materia. En definitiva, que desembolsó un dineral para regresar al cabo de un tiempo con el cerebro escarbado, hecha la mejor limpieza posible, saneada la zona perjudicada hasta los límites prudentes de no afectarle facultades, pero, y eso exigió saberlo muy clarito, con el poso de la desgracia sin haber sido eliminado de manera absoluta. Y así se hallaba ahora, convaleciente perpetuo, de recaída en recaída, en una pendiente de incremento paulatino, palpable y voraz.

 

Con la idea de permanecer aislado de gentes, había decidido hacía un cierto tiempo escapar de su residencia habitual, un palacete céntrico, casona enorme, y se había trasladado con guarda y servicio a lo que él llamaba su casa de campo. Lo hizo con el fin de gozar de la tranquilidad, del sosiego que juzgaba ajustado a la deriva de sus malestares, que no era sino empeoramiento a las claras. Al avituallamiento de personal y bagajes domésticos añadió casi un hospital domiciliario, surtido sin restricción alguna de gastos con todo lo indispensable para procurarse vigilancia y alivio, que de las dos dedicaciones se iba notando cada vez con mayor necesidad. Contrató incluso las prestaciones de dotación sanitaria permanente, una enfermera interna las veinticuatro horas y visita médica diaria con disponibilidad añadida de reclamo urgente si cualquier arrechucho lo aconsejaba. La tal casa de campo se situaba en finca alejada en las primeras estribaciones escabrosas de ascenso a las montañas cercanas, una fortaleza en la práctica, de sólida construcción, rodeada de muro protector en todo su perímetro, de la que solía hacer uso periódicamente en retiradas y descansos. Ahora mejor parecía reclusión definitiva y desahuciada. Precisamente desde ese retiro había procedido a la llamada telefónica al despacho de sus abogados.

 

Y ¿por qué sus precauciones, ese querer guardarse las espaldas, ese recelar de que algo pudiese sucederle? Todo se había originado previamente el día en que un desconocido arribó a su casa, aún vivía en la de la ciudad, demandó verlo y resultó ser el hijo de un viejo amigo que le pedía explicaciones acerca de ciertos comportamientos suyos que tuvieron que ver con la muerte de su padre mucho tiempo atrás. El tal amigo había sido por cierto también socio inicial de sus negocios, desde las estrecheces y penurias primeras a la expansión y el florecimiento posteriores. Y continuó siéndolo hasta el punto decisivo y determinante en que, estando ya prácticamente en la cúspide, se les torcieron a los dos los designios de la suerte y cayeron ambos en la mala casualidad de un suceso aciago con perjuicio para damnificados de exterminio por derrumbe de viviendas que ellos habían construido, lo que concluyó en infortunio y harta hostilidad de cara sus intereses. Pese a haber escapado airosos y libres de cualquier culpa (Benítez Alcaide Abogados tuvieron mucho que ver en la defensa y en el montaje de coartadas y presiones para resultar así de inocentes), sin embargo, los complejos de culpa del otro, adornados de crecido remordimiento al que no le pudo él poner muro de contención sólido por veces que lo intentó, dieron al cabo en el desenlace de su muerte, sobre la que el hijo pretendía obtener explicaciones a la vuelta de demasiados años y cuando él tenía el episodio encallecido en el olvido. Y lo había hecho armado de excesiva altanería, encaramando en lo que él juzgaba puro desacato, por lo que no le cupo más alternativa que espantarlo, expulsarlo de su casa a voz en grito y juramentarse en no volver a admitirlo en su presencia así insistiesen los propios cielos en la intentona. Y es que a lo largo del encuentro los ánimos de ambos se habían ido calentando, se cruzaron palabras gruesas, intercaló el intruso insinuaciones que a él maldita la gracia que le hicieron, hasta llegar a un punto en que la conversación quedó desbaratada y Eugenio Quesada liquidó el asunto echándolo con cajas destempladas.

 

El visitante era un andrajoso, un tirado en la calle que había osado subírsele a las barbas usando unos tonos arrogantes en exceso y que hicieron mella en el orgullo de un don Eugenio no acostumbrado a semejantes insolencias. Y al que no le bastó con echarlo. No le supo satisfactorio ese final de escena. Dejaba suelto a un indeseable que sabía demasiado sobre su pasado y que quizás se atreviese a repetir el intento; o peor, a maquinar cualquier treta que lo perjudicase. Por ello, y con la idea de que el otro comprendiese al cien por cien con qué modos se las gastaba él, ordenó con posterioridad que recibiese escarmiento por el descaro ostentado en su presencia en forma de paliza bien dada por parte de tres matones contratados ad hoc. La localización de estos, y la formalización del encargo y su recompensa, habían corrido a cargo de Benítez Alcaide Abogados, quienes, ya se sabe, servían tanto para un roto legal como para el descosido de un ajuste de cuentas. La somanta causó sus buenos estragos, requirió internamiento hospitalario y arrastró la secuela de un brazo escayolado a fin de que soldasen los huesos rotos.

 

Eugenio Quesada supuso que con la paliza aquel desarrapado tomaría nota, se daría por cumplido y ahí se cerraría el episodio. Mas no fue así porque, al cabo de un tiempo, tuvo noticia de que el muy bribón no se anduvo con chiquitas, compensó los daños sufridos y se tomó la revancha con resultas de descoyuntamiento de brazo en cada uno de los tres energúmenos que habían cumplido su encargo de escarmiento. Muy dolidos ellos, se habían quejado a los abogados contratantes y estos le trasladaron a su vez a don Eugenio fe del percance padecido, lance que presentaba sin duda visos de haber sido hecho uso en él de una fiereza inusitada.

¿Y la llamada telefónica, de cuyo autor quería conocer señas concretas? ¿Había provenido del sujeto de marras, de ese harapiento lenguaraz y provocador? ¡Qué va! Se había interpuesto un segundo personaje. Instalado ya en su casa de campo, con la salud en merma progresiva, recibió un día demanda de audiencia por parte de un viejo estrafalario que logró acceder a su presencia con la excusa falsa de que andaba ocupado en una ¿investigación?, ¿estudio?, sobre figuras eminentes de la construcción local. La engañifa coló pues, tocado en su ego, dio el consentimiento de recibirlo. Cuál no sería su sorpresa y contrariedad al descubrir que lo que el otro perseguía era que volviese a recibir al gañán ese que se le había encarado con muy malas formas. Se negó en un principio. Sin embargo, la verborrea envolvente de coba y adulación con que el desconocido le insistía, el voto de fe de arrepentimiento del amigo (que luego se demostraría falso), el juramento de que no se repetiría escena igual a la anterior vivida, junto con el hecho de que la carne es débil y el espíritu humano tozudo en redundar en errores, provocó que accediese a ver por segunda vez al referido personaje. No obstante, temiendo que este reincidiese en palabras, tonos y actitudes indebidas, puso como condición que acudiesen ambos y no aquel en solitario. A ello añadió el requisito de que no se presentasen por sorpresa, sino que debían previamente consultar por teléfono si él se hallaba disponible, a lo que entonces daría o no su consentimiento definitivo.

 

Así pues, tuvo lugar un segundo encuentro y, para su desengaño y exasperación, un segundo cruce de pareceres y dichos, ahora con el viejo de testigo, en que casi llegan a las manos. Una vez en su presencia, lo sorprendió que aquel tipo apareciese con el brazo escayolado y en cabestrillo, fruto a todas luces del escarmiento que él le había endosado mediante mano mercenaria. Comoquiera que los causantes de ese quebrantamiento de huesos habían terminado con los suyos descoyuntados, concluyó, sin serle necesaria perspicacia muy aguda, que la autoría directa de semejante cobro de daños y perjuicios no podía recaer en la persona disminuida de facultades físicas que tenía delante. Al vejestorio que lo acompañaba tampoco le asignaba capacidad para la hazaña. Luego había de haber por ahí un tercero en discordia deshaciendo entuertos y acudiendo al auxilio de menesterosos. Pero esas reflexiones suyas fueron fugaces y entraron pronto de lleno en diálogo, que en poco derivaría a términos y actitudes parecidas a las del encuentro anterior. Se repitieron las tiranteces, con intercambio agrio de reproches, le tocaron las fibras, se fue él por sus fueros demasiado cargado de ufanía y prepotencia, reconoció en un momento dado su participación en hechos antiguos de mucha gravedad, pronunció palabras gruesas, despectivas y ultrajantes, llegando a mentarle al otro a su madre de mala manera, lo que desembocó en recibir amenaza que no soñaba él oír, prologada por insulto contundente (“lamento muy de veras el haberte conocido, hijo de puta”, le había dicho el muy bribón), y concretada con temperamento (“si me dan mis fuerzas, no quedará aquí la cosa”, flotó en el aire la rabia encendida de aquel indeseable), previas a la espantada final, yéndose los visitantes y dejándolo a él con la palabra en la boca. Tal cierre decapitó la referida conversación y lo condenó a él, a todo un don Eugenio, a verse rumiando en solitario la advertencia recibida.

 

Por eso, por si cupiera que lo que había oído se convirtiese en realidad, pretendía cubrirse las espaldas, andar prevenido y saber el paradero al menos de uno de los implicados, el hilo del que pudiese tirar para dar con el ovillo entero en caso de necesidad. El haber recibido su llamada telefónica previa con objeto de confirmar punto y hora del último encuentro, condición que él impuso como requisito previo, le hacía disponer de rastro perfecto para dar con su localización. Y ¡quiénes mejores que Benítez Alcaide Abogados!, de los que esperaba su diligencia habitual. Bien los conocía, bien les tenía contrastada sus habilidades y eficiencias y no albergaba duda alguna de que se pondrían de inmediato a la tarea con el fin de procurarle los datos pedidos.

 

A lo que los susodichos se dedicaron al instante tras haber cerrado Ezequiel Benítez la conversación con don Eugenio. Mantenían ellos tejida con finura su red de contactos para, al margen de la gestión directa de los asuntos exclusivamente profesionales sujetos a la legalidad y al recto proceder, acometer cualquier otra labor que requiriese confidencialidad, ya por tratarse de cuestiones muy personales, ya porque discurriesen por terreno resbaladizo y propenso a concebir la ley como un escollo y no como una garantía. Contradicciones de la vida estas por las que eruditos y ejercitados en el derecho se desenvuelven de manera torcida y de las que desgraciadamente la realidad ofrece documentación prolija. En resumen, que para el menester encomendado acudieron a recurso externo, a cierto investigador privado, hábil y experimentado en las artes indagatorias. La búsqueda fue de cartilla elemental, cuatro pasos justamente medidos hacia donde era obvio que habían de poseer los datos que interesaban: las oficinas de control de la compañía telefónica en que a cada número abonado tenían incorporado el catálogo de señas de su dueño, si bien bajo el sello de la privacidad y el secreto. No obstante, ello no constituyó obstáculo. Obtenidas estas por intermedio y zapa de personal allí conocido, y tras aflojar propina inexcusable, la información recabada llegó a las manos que correspondían. A la mañana siguiente de la tarde del requerimiento de don Eugenio, este recibió a su vez llamada de Ezequiel Benítez, quien, junto a la dirección de su domicilio habitual, brindó, con satisfacción palpable y orgullosa en la voz, nombre y profesión del individuo sobre el que se buscaba identidad.

 

—El hombre por el que usted pregunta se llama Elías Rioseco; de profesión, anticuario.