El calvario de un apóstata. Primera parte

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—Usted pertenece al reino de los cielos y, si yo me aviniese a dar curso a su solicitud, lo estaría condenando al infierno. Por lo tanto, me niego de plano y allá se las componga con sus pretensiones absurdas.

Con estas palabras rotundas me respondió el titular de la parroquia en la que fui bautizado cuando yo, ingenuo y confiado, le expresé mi deseo de iniciar los trámites pertinentes para apostatar.

—Pero..., pero... —titubeé sin saber articular respuesta.

—¡No hay peros que valgan! ¡Quiénes se habrán creído ustedes que son! —y con esas, me dio portazo.

El dicho párroco era cura de sotana, vestidura talar que le caía a modo de sayo intemporal ocultándole el cuerpo, prestándole una longitud vertical trazada a tiralíneas; y una anchura de columna incorpórea fuera de dimensiones humanas si no es porque en su justo centro la prominencia del vientre lo delataba, le descubría el volumen de la felicidad del que nadie con posibles está exento. Y él traducía con esa curva haber tenido posibles para tornearla. Me cercioré de ello en un vistazo fugaz, sin pretenderlo, quizás movido por un resorte instintivo de pequeña venganza clasificadora. ¿Y a cuento de qué? Pues no sé decirlo. Yo había acudido a él inocente, ¿desde mis ínfulas? (con ínfulas de descreído me dijo que me movía). A lo mejor. Pero no eran esos mis cálculos ni mis intenciones. ¡Si yo lo único que quería era apostatar! ¡Sentirme fuera! ¡No compartir! ¡No comulgar con ruedas de molino! Para mí la apostasía no significaba esencialmente dejar de creer, que también, sino ser yo mismo, autónomo, regidor de mis pulsos y mis impulsos. ¿Tan complejo era mi empeño? ¿Tan atrevido mi deseo?

A ver. Yo me había criado chiquillo esponjoso que todo lo absorbe, con madre regidora, de cánones estrictos; y con padre desentendido que cedía en sus manos los asuntos de la doctrina y la disciplina. Cifremos por tanto la cuestión en sus justos términos. Los justos de su tiempo. Y ni siquiera le pido cuentas a la historia porque sería en balde, ridículo. La historia no sabe rendir cuentas. Es un mastodonte de pisadas atronadoras que ponen el aliento en vilo. Me tocó vivir la que viví y la asumo. ¡Si no hay otra salida digna que la de asumirla! La universal y la minúscula de cada cual. La mía me resume y a veces me acongoja, si es que pienso en ella. Ahora bien, ¿es que no cabe rectificarla en un momento dado? Sin dejar de asumirla, repito. ¿Sería un desandar caminos? Pues tal vez. ¿Un capricho? A lo mejor. Quizás una morisqueta de burla inocente, sin mayores pretensiones, dirigida a mi pequeña e insignificante trayectoria personal. ¿Motivos? Haberlos sí que haylos; y para mí de peso y enjundia aun en el marco de esa pequeñez. Pero me he ido tropezando con muchos muros en mis intentos sucesivos, un calvario de inconvenientes sobre los que ya al comienzo de mi aventura se me había advertido.

—Te van a dar esquinazo por activa y por pasiva —­me dijo un amigo el día en que le abrí mi pecho y le confié mis propósitos—. No sabes tú muy bien con quiénes te las piensas gastar. ¡Lo que menos soportan esos es que alguien busque romperles las estadísticas!

Sin embargo, no fue esa, al menos en apariencia, la actitud del párroco del lugar en que yo, a poco de nacer, había sido entronizado en la religión católica, apostólica y romana, en sus ritos y pompas, en sus códigos y reglamentaciones de vida y conducta. Por su respuesta rotunda, sin fisuras (aquello del reino de los cielos y del infierno), supuse que se preocupaba por mi salvación eterna, no por sus estadísticas. Con todo, no alcanzaba yo a comprender ni lo primero, el porqué de los desvelos por mi futuro trascendental, ni lo segundo, a saber qué aritmética era aquella a la que mi amigo achacaba la causa segura de lo que acabaría siendo cierto y verídico: un laberinto de negativas que nunca me cupo imaginar.

Igual que tampoco me cupo imaginar el revuelo que iba a levantarse por las callejuelas del caserío del pueblecito de las Alpujarras granadinas en que yo ejercía de maestro rural por el tiempo en que me dio la ventolera de apostatar. Sabido es que en un ámbito tal no hay secreto que se sostenga ni intimidad que pueda salvaguardarse del cotilleo común. Pero eso era algo que yo ignoraba al iniciar mis pasos hacia la apostasía.  



Empecé como se empieza cuando se parte desde la pura inopia: preguntando. Y al primer intento vine a dar con hueso duro de roer. Quiso mi inocencia que me dirigiese de sopetón, cándido de mí, a la casita adjunta a la iglesia del pueblo en que aposentaba sus lares el cura que la regía. La recepción fue cordial; los prolegómenos, educados. Era yo individuo que por primera vez se adentraba en aquellos interiores, como tampoco había pisado los adjuntos de culto; lo que, y esto lo sabría después, me tenía ya catalogado en el pueblo de claro ejemplar desafecto a la causa. Sin embargo, cuando abrí el fuego grueso más allá de las frases iniciales de cortesía e interpelé a mi interlocutor, que me contemplaba plácidamente desde una postura abacial, las manos trenzadas sobre el vientre, cuando le declaré abiertamente mis intenciones, se le infiltró entonces a este la indignación en los músculos faciales, tembló por todos ellos y explotó iracundo.

—¿Pero usted qué se ha creído? ¿Qué me está pidiendo? —Preguntó simulando no haber comprendido lo que le había expuesto con absoluta nitidez.

—Darme de baja —repliqué yo con pachorra acudiendo a lenguaje común.

—¿Darse de baja? ¿Darse de baja? —repite con una insistencia innecesaria pues de ambas frases quedaron palpitando en mis oídos ecos atronadores que se sobreponían—. ¿Piensa que la iglesia es un... club recreativo de quita y pon?

—Mire que yo no tuve nada que ver cuando me... ingresaron en ella, cuando me bautizaron —argüí retador—. No tuve arte ni parte en esa farsa que...

—Tuvieron que ver sus padres —me interrumpe abrupto y sólido—, quienes, si una criatura no ostenta ni soporta capacidad para discernir, son los que la sustituyen legítimamente a cualquier efecto. Y su bautismo no fue ninguna farsa, sépalo bien. ¡No me venga con monsergas! —me alecciona desde una firmeza absoluta.

Aquel señor cura era de convicciones pétreas, incombustibles a cualquier tipo de erosión anímica ni dialéctica, según comencé a comprobar y me fui cerciorando en el curso del resto de la conversación, encadenando un continuum de defensa numantina de sus posiciones.

—¿Pero no ve que yo no fui consciente, que se tomó una decisión sin contar con la mía?

—¿Y qué? ¿Le ha causado algún perjuicio hasta el momento? Dígamelo porque, si le ha causado algún perjuicio personal, ahora mismo tramito su solicitud. No obstante, séame sincero y deletréeme los daños físicos o morales que puedan estar en el origen de su demanda, señor.

La parrafada me dejó sin defensas, devaluado mi reciente argumento. Y más que por el propio contenido de su aseveración, por aquel 'señor’ clavado al final de su desafío. ¿Pero es que hacía falta causa de daños constatados?, pensé después de recuperarme de semejante mamporro verbal en plena boca.

—Mire usted, señor... —intercalé el apelativo con ánimo de contrarrestar aunque sin mucha consistencia— cura... —completé el envite—, yo estoy plateándole un legítimo derecho: no estar donde no quiero verme incluido —y a continuación intenté cambiar el vaivén de la conversación, el sentido direccional de las preguntas y las respuestas—. ¿Por qué tengo yo que apoyar mi demanda en motivo alguno? Pido lo que pido y usted debe atenderme. ¿No es acaso esto obligación inherente a su... ministerio?

¡Para qué aludiría a su ministerio a alguien que demostraría acto seguido ser celoso guardián del tal ministerio! Lo comprobé en sus siguientes palabras de réplica que inició con un reproche parecido al inicial de nuestra plática.

—¿Pero usted quién se ha creído que es, señor mío? —de nuevo con el señor de marras y esta vez ‘suyo’, añadiéndole el sentido ¿entrañable?, ¿cercano?, del posesivo—. ¡Mi ministerio lo rige nuestra santa madre iglesia! ¡Es su magisterio y no el de usted el que me orienta, caballero! Y ese magisterio me asegura que en su frente está grabada desde el día de su bautismo una marca indeleble que a nadie de este mundo le es dado borrar por mero capricho; y que no basta con querer... darse de baja. ¡Estaría bueno!

Nunca hubiera imaginado yo que me toparía en aquel lugar perdido del mundo con semejante valedor tan ilustrado de la ortodoxia reglamentaria católica, con alguien tan bien plantado en sus trincheras.

—¿Y qué bastaría? ¿Qué hecho podría constituir motivo para ser dado de baja —incidí en la expresión con la idea de molestar, lo reconozco—, excluido, expulsado? —me brotó la pregunta sin haberla pensado, inmediata, irreflexiva, fruto de un resorte instintivo tras oír lo del capricho y aquel no basta con querer salido de su boca con tanta arrogancia. Por ahí creí yo que se me abría filón y comprobé después que era verdad al oírle la respuesta.

—¡Apañado va si piensa que se lo voy a decir!

—¡Luego existen posibles motivos! —exclamé exultante desde mi inocencia. Pero al instante se me vino la esperanza abajo al escucharlo contrarrestar mi exclamación.

—No sueñe usted con infundios. ¿No ha oído eso de topar con la iglesia? Pues yo soy la iglesia y ha topado usted conmigo. ¡Vaya con sus exigencias a su parroquia de origen!

Con ese cierre brusco de la charla que nos traíamos y un más brusco aún levantarse e indicarme imperioso la puerta de salida, cercenó cualquier posibilidad mía de continuar conversando. Se materializaba así el primer esquinazo de los que me había hablado mi amigo. No calculaba entonces que aquel era el inicial de una serie que me habría de traer de cabeza zarandeándome de un lado a otro hasta el colmo de la paciencia.  



¿Mi parroquia de origen? ¿Y eso qué es?, me preguntaba yo y le preguntaba al amigo ya referido cuando le di cuenta pormenorizada del resultado de mi entrevista reciente, fresca todavía en mi memoria con resabios de mucha contrariedad. Quiso la casualidad (¿o puede que la providencia?; no, tachemos a la providencia en este contexto pues podría sonar a chanza y no es esa mi intención al dar fe de esta historia; sea por tanto la casualidad) que se hallase presente en el coloquio un personaje adjunto. Un viejo maestro jubilado, no originario del pueblo pero que, en su estancia de infinitos años domeñando las mentes tiernas y montaraces autóctonas, se había enamorado de aquel entorno de tal manera que el día en que recibió la comunicación de abandono laboral definitivo y forzoso, adoptó la decisión, también definitiva, de quedarse. No fue un pronto sino la confluencia de sensaciones largamente rumiadas. Dicho maestro era un personaje ilustrado, adicto a la lectura y autodidacta a través de ella más allá de su formación profesional docente inicial. No guardaba ahorros; primero, porque su sueldo no le había reportado alegrías para muchos; y segundo, porque los magros restos resultantes de su manutención y cobijo bajo techo a lo largo de años los había empleado en dotarse de una apreciable biblioteca personal, compendio de abundantes y diversas sabidurías que acumuló en su haber mental enciclopédico. Lo mismo la historia que la medicina, la geografía que las ciencias exactas, la filosofía y la religión que la superchería o la nigromancia, y un extenso etcétera en un popurrí bien surtido y sólido del que usaba y abusaba en sus coloquios y disertaciones. Tales circunstancias suyas las sabía por confidencias a maestro nuevo recién llegado a quien es obligado documentar con cuanto cuchicheo al oído sea menester. Pues bien, comoquiera que el susodicho se hallase en nuestra compañía, testigo casual de apariencia ausente (aunque ojo avizor y oído atento según pudo comprobarse) al calor de la chimenea cercana de una tabernilla en que yo contaba a mi amigo mis cuitas, no lo dudó un instante e intervino.

—­Su parroquia de origen, joven, es aquella en la que quedó inscrito su bautismo. Lugar que en la mayoría de las ocasiones coincide con el de su nacimiento. Si bien en caso de poblaciones de entidad es forzoso discernir entre las diversas circunscripciones parroquiales por las que se distribuye y a la vez se agrupa la feligresía —­era alambicado el hombre en la sintaxis y selecto en el léxico, lo que desentonaba en aquel entorno llano pero que a mí me sonaba con buena música. A ver, a ver; le presté atención por si añadía información que me interesase.

La taberna en la que nos hallábamos era de las que sirven vino del lugar, sin aspiraciones de calidad sino de calentar el cuerpo, y luego cada parroquiano se cuida de abastecerse de fundamento al que hincar el diente, bien en frío con diverso embutido, bien en caliente arrimando viandas a las ascuas de la chimenea ya mencionada, dispuesta para tal fin al servicio común y por riguroso turno de acercamiento a ella.

—¿Sí? ¿Y cómo es eso? —pregunto con la idea latente de que prosiguiese en su discurso.

—Permítame.

Se excusa levantándose, desplegando un papel de estraza grasiento que abrió el tesoro de un chorizo del terreno a medio curtir, si no casi fresco, que pedía a gritos el calor de la candela cercana para ponerse a punto de caramelo. Se va hacia ella, insinúa con un gesto su intención de brasearlo, quienes esperan, otros lugareños, le ceden puesto respetuosamente y sin protesta (la mayoría han sido alumnos suyos o padres de sus alumnos y ello genera cortesía obligada), él procede, mi amigo y yo le contemplamos expectantes su liturgia culinaria de cocinar un chorizo al infierno, termina al cabo del tiempo que cree necesario, se acerca de nuevo a nosotros, deposita el manjar humeante en un plato que se ha procurado no se sabe cómo ni dónde, abre otro papel en el que guardaba pan prieto, lo trocea y nos ofrece el presente a degustación justo antes de enlazar con el tema de conversación que por lo visto no se le había olvidado.

—­Comamos y prosigamos luego con su asunto de apostasía; sobre el que, dicho sea de paso, lo veo a usted en mantillas, dando a bulto palos de ciego —­prende un trozo del plato y, mientras mastica saboreándolo, apostilla—­. Si quiere apostatar, tiene que saber jugar su juego. Y buscar sus flancos débiles. Ha sufrido usted su primer encontronazo, de los que le auguro muchos antes de alcanzar su objetivo. Si es que lo consigue. Le aconsejo, no obstante, que no sea alma cándida y se pertreche de un poco de picardía al menos.

—No entiendo...

—Mire que esto no es acudir a un negociado oficial a solicitar cualquier tipo de certificación. O a un banco a cancelar una cuenta. Es harina de otro costal. De molienda más elaborada.

—¿Y qué hago entonces?

—En principio, siga los pasos que le han marcado. Vaya a su parroquia de origen e inténtelo de nuevo. Según sea el recibimiento, ya veremos qué hacer en adelante —y así, sin más, se involucró en mi aventura.  



De esa indicación suya nació la iniciativa por mi parte de visitar la parroquia en la que fui bautizado, lo que me resultaría bastante complicado y, de añadido, harto oneroso para mis bolsillos pues coincidía que a mis padres les había dado en su día por la ocurrencia de tenerme en suelo extranjero. ¡Mira por dónde! Eso es lo que ocurre por haber sido uno hijo de emigrantes que se habían buscado vida mejor allende las fronteras, la que les ofreció hace unas décadas las posibilidades que aquí no encontraban. Tan agradecidos fueron ellos por esa acogida que, al término de su trayectoria laboral, cuando muy bien hubiesen podido regresar a sus lares de origen, decidieron sin embargo quedarse. Y no sólo por gratitud, sino también porque el cuerpo no les pedía más cambalaches ni retrotraerse a adaptarse de nuevo a las costumbres y a las gentes antiguas de las que en su momento se vieron forzados a desligarse. No obstante, tuvieron la consideración de enviarme a mí, para no perder por completo mis raíces y con todo el dolor de su alma, a casa de mis abuelos por temporadas, primero vacacionales y luego de término de estudios superiores con la finalidad de que encarrilase mi futuro profesional en suelo patrio por no terminar siendo yo un desarraigado absoluto visto que en el país que les había brindado a ellos hospitalidad me mostraba huraño, hostil, casi incompatible. Y ni siquiera sé aún por qué, si por razones genéticas o por idiosincrasia personal. Pero me desvío demasiado del hilo conductor de esta historia y eso no es bueno. Regresemos a su nudo.

Se habrá podido deducir de mi breve reseña familiar que hacer acto de presencia en mi parroquia de origen me supondría traslado a tierras lejanas, lo que en buena lógica me debería haber hecho desistir de mi empeño de apostasía; pero ya lo había convertido en cuestión personal, en clara testarudez fruto de un prurito muy profundo que me recomía por dentro. De modo que cavilé y sopesé las dos alternativas que se me desplegaban: o acudir en persona para solventar aquel trámite o delegar en mis padres la encomienda de las primeras pesquisas, pues suponía que allá donde vivían, el mismo lugar en que me tuvieron, sería igualmente aquel en el que se ubicaría la parroquia en que a buen seguro fui entronizado en la comunidad católica. No contemplaba yo otra opción. Y acertaba. Sin embargo, a la hora de optar por la segunda posibilidad, la de comisionar a mis padres con el encarguito, ¿qué excusa dar?, ¿qué motivo argüir? Tengo dicho que mi madre es mujer de cánones estrictos, de líneas gruesas y colores sólidos. No impositiva pero que se duele si alguno de los suyos se pone a nadar a contracorriente, en flujo opuesto, especialmente en lo religioso, al que ella se acoge. ¿A qué darle un mal rato? De mi padre no esperaba reacción ninguna pues igualmente tengo dicho que es de natural desentendido, indolente en lo físico y en lo mental. Así que opté por personarme directamente bajo el pretexto de verlos a ellos, a quienes llevaba un tiempo largo sin hacerles visita. Excusa perfecta.

Y allí me veo, en la escena relatada al principio de este recuento, ante el párroco orondo y mofletudo que me espetó lo de mi pertenencia al reino de los cielos y lo de mi segura condena a penar en el infierno por toda la eternidad si él se avenía a dar curso a mi solicitud. Lo dijo, claro en su lengua vernácula, que yo me conocía al dedillo. Ventajas de una infancia bilingüe. Previamente había informado a mi padre de mis propósitos. Él, desde su indiferencia innata general (que se extendía a las propias creencias aunque participaba disciplinado en los ritos de la de su mujer, por no crearle aflicción ni verse en la tesitura de afrontar embates tormentosos), no hizo ante mi confidencia mayor comentario valorativo que un no se lo digas a tu madre, compendio de su filosofía del correcto comportamiento, zanjando así la cuestión sin interposición de ningún otro obstáculo. De modo que no le comenté a mi madre ni mis intenciones primero ni el rotundo rechazo cosechado. Del que, por el contrario, sí hice partícipe a mi padre cuando, al despedirme a la hora de mi regreso, abandona su palmario desinterés de siempre y me interroga en un aparte con un qué tal te ha ido con lo tuyo. A lo que yo respondo pronunciando una sola palabra de resumen conciso muy elocuente: fatal. No sé si quedó cumplido, pero mi contrariedad y el humor de perros adjunto no dieron para más.  



Al volver al pueblo, con las secuelas del chasco todavía a cuestas, ni me atrevía a traer el asunto a colación ante mi amigo, y menos aún ante el viejo maestro jubilado del que había seguido consejo. Pareciera que yo hubiese olvidado mi proyecto y que ellos no hubieran sabido jamás de él. La verdad es que nunca les había comunicado ni cuándo ni cómo acometería mi visita al lugar de celebración de mi ceremonial de bautismo. Lo cierto es que había procedido a ella aprovechando el período de asueto veraniego en que se hallan suspendidas las actividades docentes y durante el que solía ausentarme por mi parte sin dar señales de vida hasta la apertura otoñal de la escuela. Por tanto, no era preciso dar explicaciones si no se aludía al tema. Y no sería yo el que abriría el fuego de dar fe del portazo en las narices recibido. Que fuese alguien distinto, elucubraba en mi espera. Y hubo ese alguien. El mismo que me había lanzado a la aventura de lo que acabó en imposible.

—Por cierto, joven —me soltó una tarde de tantas en que volvíamos a reencontrarnos mi amigo y yo en la tabernilla de marras y él se había agregado tras hacerse el encontradizo—, ¿resolvió usted su problema?

—¿Mi problema? —respondí con aires de despiste, como si no entendiese su pregunta—. ¿Qué problema? —insistí temiéndome lo peor.

—Pues hombre, el de su apostasía. ¿No estaba tan empeñado? ¿Visitó al fin su parroquia de origen?

Claro que la había visitado. Y con el desenlace que ya se conoce. El que tuve que relatar al cabo de alguna insistencia y para chascarrillo posterior cuando desvelé mi periplo por tierra extranjera y hasta desmenucé el coste que me había supuesto.

—¡Pero hombre de Dios, debiera usted haberme consultado! Al sugerirle que acudiese a su parroquia de origen, ni por asomo imaginaba que se hallase tan lejana y que ello le supusiese desembolso tan elevado. No era este un trámite de obligado cumplimiento por su parte en un proceso de apostasía. Le pido mil perdones por no habérselo advertido antes. Pensaba que era usted paisano de no muy lejos y que con una breve excursión prácticamente… lúdica sortearía ese escollo con que han comenzado a dificultarle el camino. ¡Qué torpe he sido! ¡Qué torpe no calculándolo! —se recrimina dándose palmadas ostentosas en la frente a punto casi de lastimarse con ellas.

Yo, ante tamaña vehemencia, estoy a punto de caer en la compasión por él.

—No se preocupe. Si ha sido un gusto volver a ver a mis padres...

—¡Qué gusto ni qué hostias! —me interrumpe—. Le repito que no me lo perdono. Y en desagravio, le anuncio que voy a tomar cartas directas en el asunto. Lo quiera usted o no.

En el ambiente se comenzó a mascar una tensión inesperada. Mi amigo y yo nos miramos, ambos con un gesto de pasmo en la boca. Y, al cabo de mirarnos, se encogía él de hombros en signo de desentendimiento. Correspondí haciendo lo propio (mismo encogimiento), pero apocado ante la decisión que oía y que me involucraba tan de cerca. Y, por si no había entendido bien, el viejo jubilado seguía perorando desbocado.

—Vamos a jugar su juego. ¡Me los conoceré yo! —se los conocerá, pensé, porque otra deducción no me cabía—. ¡Iremos al obispado a reclamar su legítimo derecho! —proclama ya con evidentes muestras de un enardecimiento anímico que me sobrepasaba y que consideraba desmesurado.

—Tampoco es para tanto... —interpuse evasiva inconsistente.

—¡Ni hablar! ¡Se van a enterar estos! Si conmigo pudieron, no va a ser así con usted.

Los dos, el amigo presente y un servidor, aparentamos no haber oído, aunque se nos vio el plumero porque el ansia de desentrañar aquella súbita revelación se nos transparentaba en los ojos, abiertos por la sorpresa los míos y los suyos, pidiendo a gritos que el viejo se explayase y documentase su confesión con pelos y señales. Mas el muy ladino cerró espita y no abundó. Se limitó a mesarse la barbilla al tiempo que se reafirmaba en su propósito murmurando en sordina un se van a enterar a modo de eco interminable.

De manera que hubo que programar la visita al obispado. ¡Qué remedio!  



Sin embargo, antes de referirla, me veo obligado a constatar, por ser medianamente fiel a la linealidad de los acontecimientos, la espiral de reprobaciones y rechazos en que por mi iniciativa de apostasía me vi envuelto en el pueblo. Si llego a imaginármela previamente, quizás no me hubiese metido en camisa de once varas. En resumidas cuentas, que pasé a ser un bicho raro al que se miraba de reojo con desdén, con expresivo y punzante fruncido de labios a mi paso, con movimientos de cabeza de patente descalificación. Tuvo que ver en ello, lo sabría más tarde, el propio párroco al que yo me había acercado en primera instancia con mi demanda, armado sólo de mi inocencia y llaneza de pensamiento y sin sospechar que, por delación suya, acabaría siendo la comidilla general de los vecinos. Se afanó aquel en propalar sibilinamente la noticia de mis intenciones confiándola a ciertas incondicionales de su confesionario, fuerza de choque de cualquier batalla moral que se terciase acometer en sus lares. Mi osadía había removido de lleno al parecer el remanso en que por aquellos pagos se hallaban embalsadas las creencias, sin mínima opción al menor regatillo que se atreviese a desaguar en él oxigenándolo con corrientes nuevas, no diré si limpias, pero al menos nacidas de manantial disidente. Algunas mujeres de misa perenne, de rodillas ancladas en reclinatorio privativo en la iglesia, no escatimaron esfuerzos a la hora de ponerme de vuelta y media en el cerrado coto de la opinión pública local. Les faltó jurar que yo me adornaba con cuernos y rabo. Reblandecieron el terreno con el riego de mucho susurro, limpiaron la broza de cualquier reticencia que buscase eximirme de culpas y terminaron asestando cavada definitiva con argumento letal: ¡vaya manos en las que ha caído la educación de nuestros hijos, en las de un ateo redomado! A partir de ahí, las miradas de reojo que me destinaban irían ya inyectadas en sangre.

Porque esa fue la consigna que se propagó insistente, tomó cuerpo recio y se alojó en la conciencia íntima de un vecindario que no sé si seguía considerándome el maestro de su prole o el enemigo público número uno. ¡Si hasta el rechazo lo vi anclado en las mentes cándidas de mis alumnos! Comenzaban a dirigirme miradas hurañas en clase, las mismas que intuí inducidas por la memoria de los descalificativos paternales oídos en casa, no muy benevolentes a buen seguro con mi persona. Se hizo, pues, un vacío en torno a mí que de veras me descorazonaba, no en vano siempre me había sentido yo necesitado del cariño social hacia mi profesión. Con todo, confiaba en que con el tiempo las aguas volviesen a su cauce y en ese sentir me consolaba. Aunque aún faltaba un peldaño que ascender por la escalada del asedio orquestado con la perfidia de anularme.

Sin declararse exactamente de dónde partió la idea, si bien era fácil deducirlo, tuve un día conocimiento de que se había organizado cuestación popular de firmas para solicitar de mis responsables superiores educativos que procediesen a mi traslado inmediato de aquellas tierras por supuesto flagrante delito de desviación ideológica del sentir común y por el peligro que ello implicaba de cara a un recto obrar docente. Ni que decir tiene que el fajo de folios garabateados remitidos por el cura (¡ahí estaba el promotor y artífice de la campaña!) al despacho pertinente dormiría el sueño de los justos en el archivador de las causas perdidas, por no decir absurdas. Lo que me provocó hasta contrariedad pues, ya puestos en el desafío, hubiese querido yo proceso en el que argumentar y defenderme. Y no sé si haberlo perdido y que se me hubiese desplazado a plaza extraordinaria de mejor postín a la que ni por méritos ni por antigüedad hubiese podido yo soñar con tener acceso hasta muy entrado en años. Mas no me vi cumplido en esa ilusión. Ni en esa ni en el hecho de que otros apoyos recabados por el viejo maestro, que se hizo incondicional de mi causa y contraatacaría desplegando pliego en que se invitaba a suscribir mi defensa, equilibrasen la balanza. No pasaron de ser el suyo, el de mi otro amigo y el de cuatro despistados que firmaron lo mismo ese papel que el que demandaba mi defenestración pública. Ni siquiera obtuve el respaldo de mis colegas de la escuela, no sé si por estar cortados por igual tijera que el resto o por no querer malquistarse con el ambiente caldeado general que pedía mi cabeza. Visto lo visto, que las lanzas seguían erguidas en pie de guerra, decidí entonces reivindicarme a mí mismo y actué en consecuencia plegándome gustoso a la voluntad de mi mentor en lo tocante a que nos fuésemos ambos allá al obispado por ver si en él se allanaba mi camino hacia la apostasía. Ante tanto entrometido, sentía yo un cierto resquemor de orgullo herido cuya picazón deseaba satisfacer rascándome a gusto si conseguía alcanzar feliz término a mis propósitos. Me lo habían convertido en cuestión ya de pura cabezonería.