Juegan oros, pintan basos. Capítulos 1 y 2

1

 

    —¿Ismael Garmendia?

    —Sí, soy yo. ¿Quién llama?

    —No le incumbe a usted saberlo. Limítese a responder.

    La voz suena fría, con un filo áspero en cada sílaba. Emitida metálica, sin pretensión de transmitir emociones, velándolas si acaso buscan aflorar. No obstante, rezuma cierto tono de contrariedad. Ismael, que se ha visto sorprendido por los términos lacónicos y tan imperativos con que un desconocido (es de hombre la voz oída) acaba de abordarlo, se solivianta y contraataca.

    —¡Oiga! ¿Quién se ha creído...?

    —Está usted en posesión de un objeto que nos pertenece —lo interrumpe tajante la voz desde el otro lado de la línea.

    —¿De un objeto? ¿Qué objeto?

    —No se haga usted el inocente. Sabe muy bien a qué me estoy refiriendo.

    Y la comunicación se interrumpe. Con la misma brusquedad con la que se había iniciado. Ismael queda con el auricular mudo en la mano (lo habían llamado al teléfono fijo), aturdido, indeciso, sin saber qué reacción adoptar. Aunque, ¿le cabía reacción que se ajustase de manera lógica a las pautas del episodio recién vivido? Se hallaba él solo en casa, su mujer y sus hijos ausentes, arrellanado en el sofá, disfrutando de la indolencia que contagia una tarde de sábado, pendiente del televisor y, a intervalos, abstraído de él, sin atreverse a asegurar ahora, tras la brevísima conversación mantenida, qué estaba viendo en concreto (lo más probable es que fuese alguna película, a las que es adicto). Y mira por dónde lo sacude del sopor una llamada que en un primer instante supuso de los suyos para cualquier última advertencia u olvido. Pero había resultado ser de cariz muy diferente.

Opta por abandonar el embobamiento en el que había permanecido atrapado durante segundos eternos y redirige la mirada de nuevo hacia el televisor, intentando con ello retomar la normalidad, tras haber reflexionado fugazmente y hallado una justificación a incidente tan extraño, a un diálogo tan fuera de contexto y de lugar: habrá sido una equivocación; o una broma de mal gusto, se dijo espantándose las últimas reservas; si bien conservó rastros de turbación rondándole el pensamiento, una inquietud, una intranquilidad de la que no conseguía zafarse.

Al cabo de no sabría él qué lapso de tiempo, lo sobresalta el teléfono volviendo a sonar.

        —¿Ismael Garmendia?

        —Sí. ¿Quién es?

    La pregunta, repetitiva, es también innecesaria porque ha reconocido la misma voz de antes. Sin embargo, le ha brotado espontánea, automática, preventiva quizás frente a los latidos del corazón que de repente siente golpeándole el pecho.

    —Le insisto en que dispone usted de un objeto que no es de su propiedad.

    —¿Que dispongo yo de un objeto? ¿Está usted de broma?

    —Yo no suelo bromear nunca —suena la voz categórica, afirmativa y seria hasta un límite sombrío, oscuro, prácticamente siniestro.

    —Entonces se ha equivocado de persona —concluye Ismael recopilando sus reflexiones previas.

    —Tampoco es mi costumbre equivocarme. Le advierto que esto no es un juego.

    Y acto seguido retorna el silencio. La comunicación vuelve a interrumpirse. E Ismael, ahora sí, entra de veras en ansiedades.

Intenta serenarse mas le resulta imposible. El nerviosismo le aflora en las manos, cuyo temblor no logra reprimir. Súbitamente, le nace una irrefrenable necesidad de orinar. Se trata de algo que suele ocurrirle. Cuando se altera, por el motivo que sea, hay ocasiones en que, en una reacción somática a modo de vía de escape de la tensión (esa piensa él que es la explicación sin que lo haya consultado a ningún experto), siente tal presión en la vejiga que ha de acudir urgentemente a evacuar, so pena de verse en un aprieto si se entretiene en esperas. Se levanta y va hacia el cuarto de baño. No bien comienza la operación, habiéndose cuidado previamente de comprobar que las manos se le han sosegado y ya no tiemblan, oye lejano e insistente un tercer reclamo del teléfono. Un leve estremecimiento le surca la espalda, empuja a fondo en el bajo vientre para acelerar la micción, el sonido intermitente lo espolea, termina precipitadamente y, sin plegar armas como es debido ni haber tirado de la cisterna, emprende cabalgada por el pasillo hacia el salón. A medio camino, justo en la puerta de su dormitorio, cae en la cuenta de que allí hay otra terminal inalámbrica, corrige la trayectoria, entra a trompicones, se derrumba en la cama con la idea de alcanzar mejor la mesita de noche opuesta a la entrada y alarga el brazo con objeto de prender el auricular que, para su frustración, en ese preciso momento deja de sonar.

Se desespera. En postura de decúbito supino sobre el lecho conyugal, los brazos en cruz, las piernas en tijera, la mirada dirigida al cénit, tales son las posiciones de su impotencia y su fracaso. Que dura poco, dicha sea la verdad, pues no transcurre un minuto siquiera cuando se repite la llamada.

    —¿Diga?

    —No juegue usted conmigo y atienda al teléfono si lo llamo.

—Estaba haciendo una necesidad —se excusa Ismael ya doblegado. Los nervios lo colocan inconscientemente en flagrante situación de debilidad, de subordinación, de sometimiento.

    —Bien. Le reitero por tercera vez que se ha apropiado de un objeto... valioso, en extremo valioso —el calificativo redundante es pronunciado entre dientes—, que, le insisto, nos pertenece. Y le insto encarecidamente a que nos lo devuelva.

    —No sé... de qué me habla —balbucea Ismael—. Se lo aseguro.

    —¿Me toma por tonto? Hágame el favor de recapacitar y rectifique. Se nos está colmando la paciencia.

    —¿Rectificar? ¿Sobre qué tengo que rectificar si no me...?

    Ismael se percata de que no le habla a nadie. La comunicación, para su desespero, reincide en desvanecerse y lo deja con la palabra en la boca.

    ¿Un objeto valioso, en extremo valioso?, recuerda y se pregunta Ismael nadando en el puro desconcierto, desconocedor de que él posea ningún objeto de valor; y menos aún, de valor extremo. Y por otra parte, ¿qué juego es aquel, qué treta, qué enredo continuo de llamar y colgar? ¿Para mantenerlo en vilo? ¿Para amedrentarlo y disiparle las defensas? Pues lo están consiguiendo, concluye impotente, incapaz de sobreponerse, hecho un mar de pensamientos inconexos, de dudas, de suposiciones. ¿Quién será ese tipo que lo está importunando con sus llamadas, intimidándolo hasta el punto de, al cabo del tercer diálogo mantenido, comenzar a sentir una sensación cercana al miedo? ¿Y quiénes el resto a los que supuestamente pertenece el objeto de marras, a los que al parecer se les está colmando la paciencia? Porque ha oído con claridad el plural, ese nos pertenece que denota que tras la voz anónima se esconde más de una presencia reclamante de la propiedad presuntamente sustraída por él.

    Así va pensando, en un desbarajuste de ideas, mientras retrocede al cuarto de baño y rehace el orden que desbarataron las prisas anteriores, tirando de la cisterna, lavándose las manos, apagando la luz, regresando al salón, sentándose en el sofá y quedándose erguido y no reclinado, como se hallaba cuando fue sorprendido. Se mantiene en tensión, en compás de espera, suponiendo que el desconocido reaparecerá y hará presente de nuevo su voz. Suponiéndolo y deseándolo. Porque ya ha abandonado la teoría de la broma pesada o del error e interpreta la realidad tal cual es: que alguien le reclama algo de veras. Que él desconozca la identidad de ese alguien y de ese algo es otro cantar, el misterio, la intriga que lo mantiene envarado y en zozobra, en puro desasosiego. Lo cierto es que siente la necesidad de que termine aquel tira y afloja tan enervante. Lo recome la picazón de la curiosidad, el ansia por que se le resuelva lo que le parece en ese instante un enrevesado acertijo, por conocer la solución de la incógnita que lo está desequilibrando.

    Se impacienta. El silencio se prolonga sin que ningún ruido lo perturbe. Con antelación, había desactivado el sonido de la televisión aunque permitiendo a las imágenes seguir deslizándose por la pequeña pantalla. Por ellas desplaza Ismael unos ojos desentendidos, los descansa en sus movimientos sin percibirlas realmente. Se enciende un cigarrillo sabedor de que está infringiendo una norma inquebrantable de la convivencia familiar; y se excusa, se justifica interiormente amparándose en las circunstancias tan excepcionales por las que está atravesando ¿Habrá desistido?, piensa esperanzado ante esa posible perspectiva, visto que el tiempo pasa y le da cuartel para ir poquito a poco reponiéndose. ¿Cabría la posibilidad todavía de la teoría de la broma? Porque la del error, la de que lo hubiesen confundido con otra persona, la rechaza a esas alturas categórico, no en vano había oído pronunciar su nombre y apellido por duplicado en los contactos anteriores y no era la conjunción de los suyos ciertamente frecuente. No está en las mejores condiciones para el rastreo pero se esfuerza en explorar por su memoria por ver si descubre coincidencias entre sus amigos y conocidos con la figura del gracioso de turno, del aficionado a chancearse y fastidiar con guasas que maldita la gracia que a él le hacen. Está desechando cualquier probabilidad al respecto cuando el teléfono torna a sonar.

    —Sí, sí. Dígame, dígame —se precipita agitado.

    —Ismael, ¿te ocurre algo?

    Era su mujer, que lo llamaba para el trámite banal de advertirle que se retrasaría en su regreso a casa.

    —Nada, nada... No me ocurre nada. ¿Por qué habría de ocurrirme?

    —Ismael, ¿me preocupo?

    —Qué va, qué va... Estate tranquila. ¿Qué querías?

    —Que voy a retrasarme...

    —Vale, vale... —y corta atropelladamente, incitado por el agobio que siente de pronto al pensar que el desconocido pudiese estar llamando mientras él habla con ella.

Y acierta. No bien va a depositar el auricular en el sofá junto a sí, este le vibra en la mano antes incluso de emitir sus tonos habituales.

    —Sí, sí. Dígame, dígame.

    —¿Ha recapacitado usted? No me negará que le he concedido tiempo para ello.

    —Sigo sin entender qué quiere de mí. Ni sobre qué he de recapacitar. Le ruego que me escuche. Se lo digo con total sinceridad —se muestra Ismael cercano a lo protocolario, casi usando fórmulas preestablecidas de diálogo. En tal inseguridad se ve perdido.

    —Veamos. ¿Tan difícil le es comprender y aceptar que se ha apoderado usted de un objeto sobre el que nunca debiera haber puesto las manos encima pues no le corresponde disponer de él dado que no es suyo?

    —No, si eso lo entiendo. Pero el caso es que...

    —¿El caso? ¿Cuál es el caso? —suenan las preguntas, si hasta ese momento serenas, ahora con conatos de impaciencia, de entrar en la crispación.

    —El caso es... —se detiene Ismael intentando construir una frase exacta que responda a la demanda de que ha comprendido y a la par que exprese su rechazo a la acusación—, que yo no les he robado a ustedes absolutamente nada. Ningún objeto de valor, según me comenta.

    —Yo no le he dicho que haya robado nada —aclara enigmático para sumir a Ismael aún en mayor confusión—, sino que se ha hecho dueño, que ha... caído en su poder un objeto de especial estima para nosotros. Mire que se trata de algo muy preciado por cuya recuperación estamos dispuestos a todo. De algo muy muy preciado... —recalca insistente la voz desde su anonimato.

    —Si no le discuto que lo sea. No obstante, le repito que no les he... —iba a reincidir en mencionar el robo pero se contiene por no crispar y se corrige a tiempo—, que no tengo nada que les pertenezca.

    —¿Está seguro?

    —¡Pues claro que lo estoy! ¿Me cree loco?

    —Me creo que está usted haciéndose el loco. Fíjese lo que le digo. Y va por muy mal camino con esa actitud. Podría correr serio peligro. Usted y los suyos...

La velada amenaza surte su efecto. Ismael se rinde y no pide otra explicación que la indefinida y total.

    —¿Qué quieren de mí?

    —Que nos lo devuelva. Y de inmediato. Y sin ninguna compensación ni rescate a cambio.

¿Compensación? ¿Rescate? Leña añadida al fuego de la perplejidad de Ismael en continuo incremento. ¿Cuándo ha imaginado siquiera él exigir recate por nada? ¿Posee acaso algo por cuya devolución pueda reclamar una compensación? Va a ser cierto que esa tarde acabará, si no loco, sí medio desquiciado.

    —Por favor, ¿me dirá de una vez por todas de qué estamos hablando?—suplica y acto seguido, para su propio asombro, un arrebato de valentía no premeditada lo impulsa a echar el resto en un pulso—. Si no, le cuelgo y arranco de cuajo el cable del teléfono.

    —Daría igual. Tengo su móvil. Sin embargo, le explico —se abre una pausa, larga, que mantiene en un hilo a Ismael, al cabo de la cual se inicia un interrogatorio que le suena absurdo—. Veamos. Es usted aficionado a los deportes. Como mero... espectador, para ser precisos. ¿Me equivoco?

    —No señor. No se equivoca

    —En especial al fútbol.

    —Así es, al fútbol.

    —Apasionado realmente por él.

    —Sí que es verdad.

    —¿Y se siente orgulloso de ello?

    —No me arrepiento —se escabulle.

    —No le he preguntado si se arrepiente, sino si se siente orgulloso.

    —Me siento, me siento —responde presuroso y entregado, por no despertar animadversión.

    —Conoce usted los acontecimientos que se celebran en torno a este deporte.

    —Los conozco. Claro que los conozco.

    —Y sabe de uno recientemente celebrado. Sumamente importante. El más importante.

Ismael, un aficionado ferviente, no necesita pistas que lo ayuden a saberlo.

    —En efecto.

    —Y en él se entrega un trofeo, ¿a que sí?

    —Por supuesto

    —Envidiable por lo que significa y apreciable hasta por su valor crematístico.

    —Así es.

    —Trofeo que, al parecer, ha caído en sus manos y esconde usted celosamente en su casa

    —¿Qué yo escondo un trofeo? —se atropella a sí mismo al hablar—. ¿Qué trofeo?

    La pregunta, con ribetes de protesta, da paso a un silencio expectante, que se rompe al poco con una respuesta insospechada a modo de broche que cierra la conversación antes de que la comunicación telefónica se corte definitivamente.

    —La copa del mundo, señor Garmendia, la copa del mundo. Que parece usted retrasado.

 

 

2

 

    No concibe Ismael Garmendia peores entrañas a la hora de recaudar impuestos que las de quienes han maquinado, programado y llevado a efecto la última amenaza recién anunciada y que no acaba de creerse, inmóvil él, alelado frente al espejo en el que se contempla el rostro a medio afeitar, mirando de reojo a la radio desafiante en la repisa, de la que siempre se acompaña en su menester mañanero y que le ha revelado la primicia.

    Valga que estemos en crisis, que haya que arrimar el hombro, que cada cual deba aportar su granito de arena al esfuerzo colectivo. Aceptemos en principio esas premisas, piensa mientras se contiene la indignación, y demos incluso de lado a cuantas reticencias y protestas justas se han venido aireando (él las ha oído repetidamente y se ha alineado con ellas en su fuero interno): que habrían de pagar los verdaderos culpables del actual batacazo financiero y no el ciudadanito de a pie; que no es de recibo cargar en las espaldas más débiles e indefensas el peso total de la recuperación de un entramado económico enfermo, en práctico desahucio por el mal hacer de los que mueven sus hilos, por su glotonería e insaciabilidad, por su inconsciencia y mala cabeza. Aparquemos un momento tales reservas. Dejémoslas en estado latente para mejor ocasión, reflexiona y concede prudente, procurando no obcecarse; no vaya a ser que interprete erróneamente lo recién oído.

    Con la noticia que lo sorprende, Ismael se ve engullido de golpe en un nuevo giro de la presente espiral de apreturas, forzado a añadir un agujerito en el cinturón que es menester ajustarse y ajustarse hasta dejar la respiración en vilo. Resulta que en el contexto de la enésima medida destinada a reactivar la postrada languidez de nuestra economía (en este caso, eximir de ciertos gravámenes al mundo empresarial por ver si este se despierta de su modorra impenitente) y con objeto de compensar los costes que ello conllevará no sea que las cuentas no cuadren, los gestores de la hacienda pública se han descolgado con el anuncio de un futuro incremento de la presión impositiva sobre el tabaco. Así, a las bravas. Proclamado sin tapujos. ¿Qué hago para que no se me descompense la balanza de ingresos y gastos? Sencillo. Hinco diente en carne que, pese a sentir dolor por la tarascada, la tendré cautiva a ciencia cierta, sin escapatoria, atenazada bajo yugo firme, doblegada de antemano. Apuesta segura. Jugada con las cartas marcadas, no hay duda.

    Ismael Garmendia es fumador. Y además, otras muchas cosas, como cualquier hijo de vecino. En primer lugar, funcionario público. En segundo lugar, cabeza de familia y padre de tres hijos. En tercer lugar, aficionado al fútbol, forofo del club de sus entretelas, cuya identidad no se desvela aquí por no despertar empatías o antipatías que distorsionen sin necesidad el sentir del lector de esta historia. Y de pura lógica, siendo hincha empedernido él, no podía faltarle el ser un incondicional del equipo nacional, con una devoción y entusiasmo que ha contagiado a su prole. Que no a su mujer, reducto incombustible del desapego al deporte rey. En cuarto y último lugar por ahora, Ismael es un cinéfilo infatigable, devorador de películas desde su tierna infancia, iniciático en la niñez, efervescente e indiscriminado en la adolescencia y juventud, y selectivo aunque pertinaz en la madurez, por cuyos entresijos se mueve avanzando en la cincuentena. Este breve currículum cabe para catalogárnoslo de entrada.

    El tabaco es tremendamente adictivo. Lo dicen los expertos. Lo saben, lo padecen los fumadores, Ismael entre ellos. En su delito, si acaso lo ha cometido, arrastra su penitencia. En su cuerpo comprueba palpables día a día las secuelas de su adicción, sensaciones que siempre se espanta por no regodearse en sus propias miserias. Lo tiene asumido. No es que se conforme, pero lo tiene asumido. De la misma manera que se da por vencido en la batalla en toda regla que se ha orquestado desde hace un tiempo contra el colectivo.

    Transige y acepta los límites que se le están imponiendo. De buena fe. Sin acritud ninguna. Vio razonable en su día que, en una primera embestida, se acotara el fumar en lugares sensibles. Entiéndase por tales aquellos que acogen a poblaciones de riesgo por su debilidad palpable (niños, y así los centros educativos; enfermos, y así los hospitalarios). De acuerdo. Es sensato, comprensible; se dijo entonces. Tampoco cuesta en exceso contenerse, se consoló con ese argumento a modo de parapeto defensivo, sin calcular las dimensiones de la tormenta que luego le caería encima. Porque fraguó esta y se desencadenó en tromba, con una furia que lo sorprendió desarmado; a él y a cuantos como él se las prometían felices en la esperanza, en el horizonte confiado de que la confabulación no sería para tanto. Interfirió en ello la teoría recalcitrante y machacona de la ingestión pasiva del humo del tabaco. Que sí, que es verdad, que no sólo molesta sino que perjudica seriamente a los de alrededor. Si eso es de cajón. ¡No lo va él a entender!

    Claro que lo comprende. Si el pobre lo lleva comprendiendo resignado desde que se programó y ejecutó la prohibición del consumo ya en plan extensivo, en los lugares públicos cerrados de la índole y la categoría que fuesen: en los centros de trabajo, en las grandes, medianas y pequeñas superficies de comercio, en las oficinas, en los despachos, en los talleres, en las fábricas, en los recintos deportivos, en los locales de hostelería y restauración...; en fin, en cuanto espacio de concurrencia de personas estuviese bajo techo. Y en consecuencia, puesto que el ansia aprieta y tampoco da tregua, ahí se ven las terrazas exteriores, los balcones, las escaleras de incendios, los porches, los portales y cualquier aledaño en plena calle a la entrada de los edificios con los habituales del cigarrillo en pausa momentánea de liberación de sus ansiedades, dando caladas urgentes antes de regresar a sus rutinas. Vale, aceptó Ismael esas premisas, esas nuevas reglas de juego, adaptándose a las circunstancias, siendo uno de tantos que en la vida urbanita pasaron a fumar al aire libre, disfrutando de sus bonanzas o padeciendo sus inclemencias.

    Había aceptado sumiso la imposición, entre otras razones y reflexiones ya expuestas, porque él venía de antiguo escaldado (y domesticado) después de una dura travesía del desierto en el ámbito hogareño. No bien se aventuraron y proclamaron a los cuatro vientos las sospechas primero y las certezas rotundas luego de que el humo del tabaco perjudica gravemente la salud, la propia y la ajena, su mujer estableció una estricta e inexcusable ley conyugal: ¡en la casa no se fuma! Y a partir de entonces en la casa, claro, no se fumó. Salvo en rarísimas excepciones en que daba Ismael tanta lástima a su consorte que ella misma, compadecida desde el profundo cariño que los unía, transgredía el código impuesto, levantaba la veda efímeramente, condescendía y le permitía unas horas de esparcimiento sin coerciones ni vetos. Tenían que ver dichas ocasiones con efemérides muy señaladas de retransmisiones televisivas futbolísticas, no así en la rutina semanal de la liga casera. Se trataba de encuentros fuera de catálogo habitual, ya derbis de solera, de antiquísima rivalidad, ya finales excepcionales o, ¡cómo no!, de campeonatos internacionales, en especial los partidos en que intervenía el equipo de sus amores o la selección patria. Atendidos a placer estos acontecimientos, en el resto del transcurso de la vida doméstica, cuando a él lo acuciaba la necesidad de un cigarrillo se veía condenado a acudir al exterior inhóspito y solitario de un balconcito, de pie entre dos tiestos con plantas de las que se hizo compañero y a las que convirtió en confidentes de sus soliloquios, pues no era él hombre dado a fumar en silencio. Quizás por eso que dicen que hablarle a las plantas las revitaliza y les da lozanía, aquel par de geranios, que tales eran, gozaban de una salud envidiable y de vida eterna. Lo habían acompañado desde el inicio de sus exilios intermitentes y, al cabo de miles, no daban muestra alguna de marchitamiento ni signo de paso del tiempo. Todo lo contrario, la cháchara de Ismael los mantenía enhiestos, exuberantes de hojas y de fecunda florescencia.

    Ismael, por tanto, conoce bien lo que es sujetarse a restricciones. Tiene el cuerpo hecho. No obstante, la amenaza presente, un nuevo cargo en la cuenta del precio del tabaco, lo inflama per se, por haberse acudido a la medida no con miras generales que propongan un sacrificio colectivo, en el marco de una contribución común que a nadie excluya, sino que ha sido taxativamente diseñada con la intención de compensar a costa de unos pocos (débiles y cazados a priori por su dependencia) cierta previsión de déficit de caja. La que causará el hecho de que, para más inri aún, se exima a otros de obligaciones contributivas que hasta el momento les concernían, de que a algunos se les den ventajas, exenciones, márgenes de beneficio y un largo etcétera, con el objetivo de que reanimen el mundo productivo con un renovado dinamismo que debería suponérsele de por sí, visto que tanto alardean (y reivindican cuando les conviene) de ser los generadores y regeneradores exclusivos de la economía eficiente, la que ahora está hecha unos zorros no se sabe por arte ni parte de quién. De los méritos y bondades del sistema se arrogan el protagonismo exclusivo. Sin embargo, con respecto a los desméritos, a sus batacazos y desplomes intermitentes, no sólo escurren el bulto de la culpabilidad, sino que no dudan ni sienten la vergüenza debida a la hora de alargar la mano y reclamar el milagro de la intervención redentora que les salve la cara y, sobre todo, el bolsillo. Esa que, no obstante, tanto reprueban en tiempos de bonanza.

En efecto, el anuncio lo inflama, lo indigna sobremanera, per se y porque vuelca agua sobre terreno inundado. A Ismael se le revuelven los recuerdos en las entrañas. No puede remediarlo. Hará unos meses, ni medio año, había visto desbaratada la ilusión de su vida. Y a resultas de lo mismo. De que era imperativo proceder a privaciones en un intento de hallar vía de escape al túnel negro del desbarajuste económico, de la bancarrota presupuestaria con respecto a la que él, de sobra está decirlo, no se consideraba ni de lejos responsable. Él es un sufrido contribuyente, sujeto a nómina en exclusiva y, en consecuencia, a absoluto control de sus ingresos. Él no cuenta con posibilidad para chanchullos y engañifas en lo tocante a evadir al fisco. A lo sumo se permite algún gasto sufragado esquivando factura por no verse con el sobrepeso del plomo del iva, pecata minuta en su conciencia puestos a comparar con tantísima sobredosis de jeta y cara dura con que algunos (¿muchos?) van por la vida ufanos de trampear un día sí y el otro también. Él se halla sometido a patrón gran hermano, para su suerte o su desgracia, que todo se lo controla medido al céntimo, que conjuga los atributos de pagador y recaudador a un mismo tiempo. Él, pese a ello, había sido una hormiguita afanada durante cuatro años ahorrando y ahorrando para ver convertido en realidad una de sus mayores aspiraciones (¿anhelo ferviente?, ¿simple capricho?): asistir a los encuentros del campeonato del mundo. De fútbol, es evidente, su pasión y obsesión desde niño, a celebrar allá en las difusas lejanías surafricanas. Nadie que no lo sienta podría adivinar ni entender la sensación de mariposas cosquilleándole por el estómago conforme las fechas se aproximaban. Nadie se explicaría esa sonrisa cómplice consigo mismo que le afloraba sin querer si es que se le cruzaba (en una conversación, al oír una noticia) la alusión al futuro evento. Él estaría allí, sí señor. Y confiaba en que ninguna contingencia se lo impidiese.

    ¡Qué iluso y cándido fue, embaucado y seducido por aquella mezcla dulce de deseo y de esperanza en alcanzar la quimera! ¡Cuánto le dolió comprobar la verdad del dicho de que la dureza de la caída se corresponde en progresión geométrica con la altura del vuelo! ¡Y había volado tan alto en aquel espejismo! Porque concluyó en que había sido un espejismo, una alucinación su proyecto, su sueño. Se despertó de él el día infausto de la pasada primavera en que lo sorprendió el rumor inicial y la noticia cierta posterior de que él, y quienes igual que él veían retribuido su trabajo desde las arcas del erario público, iban a sufrir en sus salarios un tijeretazo de muy sólido fundamento.

    No se lo creía. No quería creérselo. ¡Pero si había oído decir hasta la saciedad que, pese a las presentes dificultades y estrecheces, no se cebarían con él, con sus magras disponibilidades, con las suyas y con las de cuantos dependían en exclusiva de las partidas presupuestarias oficiales! En su caso, de una nómina escuálida para ir apenas sorteando el día a día. Eso era lo que le dolía con mayor escozor, la falta de palabra, la ruptura de promesas solemnes proclamadas a diestro y siniestro, contra viento y marea, desde cualquier tribuna, en soflamas que a la postre descubría ¿mal calculadas?, ¿torpes?, ¿hipócritas? ¡Ah los recortes, la mordedura, la dentellada! La sintió como un arañazo por toda la piel, sorprendido en su confianza, en la certidumbre que le había contagiado el juramento oficial de que no se vería afectado por la quema. Y le dolió especialmente porque en ella estuvo el origen de su sacrificio, de la renuncia obligada a su sueño.

Así había sido. Digerido el anuncio a base de mucha bilis, con amargor y punzadas allá donde antes sentía las mariposas revoloteando y rozándole los interiores con sus aleteos de buenos augurios, llegó inclemente la hora de reconsiderar. Y de cambiar la derrota del itinerario proyectado. De cambiar no. De borrarlo del mapa de ruta definitivamente tras el análisis de sus pros y sus contras. Y después de que su mujer pusiese sonido a sus propios pensamientos que intentaba espantar: visto lo visto, la economía familiar debía someterse a restricciones comenzando, ¡qué remedio!, por los gastos superfluos. ¿Y qué es realmente lo superfluo frente a lo básico, a lo esencial?, ¿únicamente lo necesario para subsistir?, protestaba Ismael de puertas adentro, no queriendo aceptar lo irremediable, construyéndose castillos en el aire, mil teorías y justificaciones para darle tintura de subsistencia anímica a la culminación de sus propósitos, para añadir el cumplimiento de su ilusión al catálogo de lo imprescindible. De la suya y de la de sus hijos. Porque así como los había contaminado y hecho adictos de su afición al fútbol, así también habían sido incluidos en la futura excursión festiva de dos semanas por el bajo vientre africano para asistir a los encuentros del campeonato mundial. La dureza de eliminarla (la sentía por sí mismo) se le incrementaba ante la perspectiva de desencantarlos a ellos y de no encontrar la manera de explicarles el porqué con lógica atinada que los conformara.

¡Si los chiquillos habían participado en la planificación y en la ejecución del esfuerzo contribuyendo al ahorro, corresponsables en la tarea de conseguir el premio! ¡Si se habían entregado con entusiasmo y sin protestas a verse sin el disfrute de alguna de sus cosas de críos bajo la promesa de que aquello les reportaría la recompensa suculenta de algo que sólo se vive una vez! ¡Cómo defraudarlos! ¡Cómo razonarles la decepción! ¡Cómo fundamentarles el desengaño y la frustración! ¿Y de qué manera se explica eso a un niño? ¿Con qué perífrasis, con qué giros falsos de palabras, con qué eufemismos, con qué retruécanos ni metáforas?

    La programación había sido metódica, diseñada concienzudamente y al milímetro cuatro años atrás, una vez logrado el consenso familiar, que no consistió sino en arrancar la complicidad y el consentimiento de su mujer, esposa y madre de los futuros implicados. Porque ella lo tenía claro: ni loca pensaba asistir a una indigestión de fútbol que de ninguna manera la atraía, con el aburrimiento y el empacho que a buen seguro le habrían de provocar si se sumaba a ellos. No la camelaron los cantos de sirena de posibles excursiones adjuntas por parajes exóticos, la perspectiva de unas vacaciones paralelas agregadas al programa oficial. Con un no rotundo contuvo la ofensiva que pretendía convencerla, al que únicamente bastó añadir la eficacia argumental de que su ausencia aliviaría los costes. Y dicho y hecho. Y comenzó la época de las renuncias en pro de la recaudación para el futuro evento. El cálculo del presupuesto ya sembró las primeras dudas. Sufragar los vuelos a un país tan lejano, la estancia en él, disparada a precios astronómicos con motivo de la efemérides, y la asistencia a los encuentros a presenciar (puestos en carrera y embalados, hasta los de mínimo atractivo) no era moco de pavo. Y tampoco se disponía de mucho margen del que echar mano. No obstante, la familia al completo se confabuló en un compromiso colectivo que a la postre rendiría sus frutos.

Se comenzó eliminando de un plumazo la concurrencia bianual veraniega con que tenían por costumbre recrearse, el acudir quince días cada dos años (no les cabía permitirse ni permanencia mayor ni menor periodicidad) a zona costera del sur a apretujarse en un apartamentito de salón y un dormitorio y pare usted de contar. Calcularon que con ello dispondrían para los billetes de ida y vuelta en avión. En clase turista y porque no se gasta clase inferior.

    A continuación auscultaron exhaustivamente el ranquin de establecimientos hoteleros por encontrar algunos que, sin caer en hospedaje de bajos fondos, no les supusiesen un hándicap irresoluble. Y los hallaron. Y calcularon sufragar su coste a base de diseñar un estricto y minucioso calendario de abstenciones, individuales y comunes, destinadas a cubrirlo miguita a miguita: nada de dispendios en vestimenta, lujos en comida (fuera de asegurar la nutrición en sus coordenadas precisas, que en eso anduvo vigilante la madre, atenta a asegurar cualquier exigencia al respecto) ni derroches en salidas o celebraciones, concepto en el que tampoco se prodigaban en demasía de cotidiano. ¡Qué decir sobre fruslerías o caprichos! El plan espartano los erradicaba, a no ser los imprescindibles para que la niñez de los hijos no se desequilibrara.

    Y aún restaba el estipendio para el espectáculo, la compra preceptiva de las entradas que habrían de procurarles acceso franco a lo que, sin ello, no tendría sentido el resto. Mas para tal proyección no hallaron cobertura de la que detraer ingresos. De modo que no tuvieron otra opción que embarcarse en un préstamo personal a ocho años, previos y posteriores al acontecimiento, por fragmentar al máximo y así disminuir el monto de las cuotas mensuales con que habrían de restituir el total en deuda. En conclusión, que no sólo se apretaron las clavijas durante el tiempo de espera, sino que proyectaron las privaciones hacia el futuro. Y en ello estribó principalmente el que hubiesen de renunciar.

Recibido el mazazo de la inminente merma de los ingresos familiares por mor del bocado que iba a recibir Ismael en su sueldo, sonó a rebato la alarma. Aquello había sucedido a unos dos meses vista de la celebración del campeonato que tan a punto de caramelo tenían. Se procedió entonces a cálculos urgentes. Se tuvo en consideración la trampa pendiente con el banco prestamista y que la vida debía continuar su curso atendiendo a las necesidades más perentorias. No casaban ambos parámetros y fue de cajón concluir en el desenlace de que no se podía asumir el riesgo de hipotecar una existencia medianamente digna a cambio de un esparcimiento puramente festivo, aunque soñado, eso sí, y esperado con la mayor de las ilusiones. Hubo que plegarse pues con resignación a la medida drástica de suspenderlo. Con toda la rabia y la impotencia del mundo, pero hubo que suspenderlo.

    Influyeron en la decisión, además, las cuentas que se echaron sobre la recuperación de la inversión realizada en compras y reservas (entradas, viajes, hoteles...), incluido el pequeño remanente atesorado moneda a moneda para gastos extras, para matar el gusanillo de los antojos que pudiesen sobrevenirles a los expedicionarios que, tristemente, dejarían de serlo. Las cantidades rescatadas se pensaban destinar a la devolución del resto pendiente del crédito solicitado en su día y, en la suposición de contar con superávit, a provisión de fondos con objeto de equilibrar hasta donde resultase posible la pérdida de ingresos anunciada. Después, ya se vería. En el proceso, se registraron pérdidas por razones de gastos de tramitación de las reservas, que se vieron compensadas con las ganancias obtenidas en la reventa de las entradas. Con esto último comprobó Ismael, para mayor agravio comparativo y pesar suyo, que había quienes al parecer seguían disponiendo de saldo al margen de cualquier contingencia. Y ni que decir tiene que a la hora de intentar cancelar el préstamo saltó la sorpresa. Mediado el período de su vencimiento, imaginaba él que se aproximaría también a la mitad el débito pendiente, en el marco del entendimiento del común de los mortales, si bien no es este el entender y proceder de las entidades bancarias. Resulta que los pagos realizados con absoluta religiosidad hasta el momento lo habían sido para satisfacer intereses a destajo junto a cifras ridículas de capital, así que el montante de la cancelación se les aupó a un total que no habían sospechado, acabando con lo comido por lo servido y todo el sacrificio anterior ido prácticamente al garete. Ismael comprobó con verdadero desfallecimiento la crudeza y la dureza de las gloriosas leyes del mercado, aparte de percatarse de las ambivalencias del lenguaje. Lo que para unos en su terminología técnica constituyen los mecanismos habituales de cara a la obtención legítima de beneficios, traducido sin embargo a palabras llanas podría tildarse de verdadero asalto a mano armada, de acto de piratería en toda regla, de usura legalizada cuando un infeliz desinformado opta, inocente él, por sacudirse la losa de sus obligaciones crediticias antes de que se agoten los plazos.

    Tal era el terrero inundado sobre el que desaguaba ahora para Ismael el chaparrón de una nueva subida de su particular índice de precios al consumo, que en eso se traducía el presente cerco feroz contra su adicción al tabaco. En su opinión, producto de la ineptitud recaudatoria de ciertos incompetentes que, no sabiendo arbitrar con valentía medidas eficaces de calado que ataquen a la raíz del problema, se refugian en la superficie efímera, transitoria, pasajera (le rebosa la boca de sinónimos despectivos) de un parche mal puesto, de un emplasto inútil que ni cura ni restaña heridas. Pan para hoy y hambre para mañana, hubiese dicho un experto imparcial, o simplemente lúcido, en economía. Eso reconsideraba enrabietado frente al espejo, inmóvil él, contemplándose a medio afeitar, preguntándose por qué le estaban tocando últimamente los número gordos de una lotería nefasta.